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Capítulo Siete
 

KARMA Y REENCARNACIÓN
 

 

 

 

 

1. ¿Qué Es El Karma?

 

 

Las dos doctrinas, la del karma y la de la reencarnación, son consideraciones de importancia en la ciencia de los Maestros. Son hechos fehacientes de la Naturaleza, aceptados no solamente por los Maestros, sino por prácticamente todas las escuelas de pensamiento Oriental. Más de la mitad de la raza humana acepta hoy en día el karma y la reencarnación como hechos establecidos de la Naturaleza. Puesto que la reencarnación depende del karma, discutamos éste primero. Karma, (de kr, en Sánscrito), se refiere a esa ley de la Naturaleza que requiere que todo aquél que hace algo reciba el resultado exacto o recompensa de sus acciones. Analizándolo bien, viene a ser ni más ni menos que la conocida ley de causa y efecto. En física se conoce como la ley de compensación, o balance o equilibrio. En jurisprudencia es la ley de la justicia. Todos los tribunales del mundo civilizado reconocen oficialmente la ley del karma cada vez que distribuyen recompensas o castigos. En ética, como en la ley civil y criminal, es la base para premios y sanciones, el principio decisivo de la conducta correcta o errónea.


Las buenas acciones son las que crean buen karma. Las malas acciones crean mal karma. Esta es la solución más simple posible a las muchas controversias sobre lo que está bien y lo que está mal. En la ética de Jesús el karma se reduce a una cuestión sencilla: la de recibir lo que se ha ganado, de cosechar lo que uno ha sembrado. En la ley de Moisés se constreñía a la regla de ojo por ojo y diente por diente. Éste es un concepto exacto, aunque un poco crudo, de lo que es la ley del equilibrio. En los empleos laborales es el principio de pagar salarios justos. En el intercambio comercial es la base de "un trato equitativo". En la ciencia Espiritual se llama karma, pero es la misma ley.


El principio básico es que cada acción cometida recibe sus naturales y legítimos resultados. Es una ley tan universal que es asombroso que los hombres no se hayan dado cuenta de su significado tan genérico y no la hayan aplicado a la ética, como han hecho en la mecánica. Está reconocida por la física. Sin ella no podría haber ciencia. Se reconoce también en la vida social. Todos, en el mundo entero, reconocen que se debe pagar por lo que se obtiene. Solamente los necios tratan de conseguir algo por nada. Incluso el hombre que imagina haber tenido éxito lo único que ha conseguido es endeudarse, como dice Emerson.


Solamente los Occidentales no se han percatado de la aplicación que tiene esta ley en la ética, en la sicología y en la espiritualidad. Sin embargo, la Sabiduría Oriental reconoce la universalidad de esta ley y, en vez de llamarla la "ley de compensación", la llaman karma. De cualquier manera, ¿por qué se asusta el mundo Occidental ante la palabra karma? Si cualquier estudiante coge un libro de física, descubrirá que esta misma ley opera en cualquier problema que se le proponga. Por ejemplo, un carro que va por un camino se mueve a una velocidad que va exactamente en razón a su peso y la cantidad de potencia que se le aplique. Si deseas aumentar la velocidad deberás reducir el peso o aumentar la potencia. En cualquier caso el factor principal es la ley de compensación; uno debe pagar por lo que obtiene. No hay desviación de esa ley fija del universo; no hay excepción.


Volvamos a Emerson una vez más. Lee su ensayo sobre "la ley de la compensación", Muestra cómo esa misma ley opera en los campos del pensamiento y del esfuerzo humano, en el moral y en el espiritual tanto como en el físico. Emerson no ignoraba la Sabiduría Oriental. La luz de su genio venía de Oriente. Y ésta es la ley del karma, según los Maestros. Los Maestros construyen su moral sobre la universalidad de la acción de esta ley con tanta precisión como el ingeniero para construir un puente. Aplicada directamente, la ley del karma demanda que todos los seres vivientes, cada una de las criaturas, desde el protoplasma primario hasta el cerebro humano, desde la amiba hasta el arcángel, desde la mente y el alma hasta el Creador de los Tres Mundos, todos y cada uno deben recibir el balance exacto de sus cuentas. La compensación correcta de cada uno de sus actos. Y esto es karma.


Debe recordarse siempre que, independientemente de lo trivial o insignificante que parezca, no puede realizarse ningún acto sin su karma correlativo. Dejas caer una bola de billar al suelo y eso afectará a todo el planeta. El mundo no será jamás exactamente como era antes de que cayera esa bola. Eso es karma. Al dejar escapar una sola palabra de la boca, no solamente se afectará quien la oye sino que, por la ley de la acción y la reacción, una parte de los efectos regresará al que la pronunció. Luego, al ser afectados ellos dos, toda la humanidad se afectará hasta cierto punto, con independencia de lo leves que sean esos efectos. La ley está ahí. La humanidad no volverá nunca a ser como era antes de que se pronunciara esa palabra. Eso debería hacer que nos detuviéramos a pensar antes de pronunciar palabras ociosas o mal intencionadas. Recuerda que la humanidad está ligada por un vínculo kármico y mental. Lo que afecta a uno, ya sea para bien o para mal, les afecta a todos hasta cierto punto. De ahí que tengamos responsabilidad kármica. La ley del karma es el principio fundamental de la responsabilidad personal.


Una ley física bien conocida consiste en que la acción es igual a la reacción, pero en sentido puesto. Esta ley devuelve hacia el que ejecuta una acción los legítimos resultados de su conducta, aún a pesar de él mismo. Debe recoger el fruto de sus propias acciones. Es imposible que escape de esa reacción. De ahí que cada acción ejecutada tenga su doble karma, basado en la ley de acción y reacción: afecta al que la recibe y regresa al que la ejecuta. El que hace algo recibe siempre eso mismo que lleva a cabo. De manera que acción y reacción son formas duales del karma. Esto se extiende hasta el más pequeño movimiento de una hoja de árbol que tiembla con la brisa al compás del planeta en su órbita. Envuelve al lagarto que se come al insecto e implica al filósofo que da una conferencia. El karma es una ley universal que abarca a cada uno de los seres vivientes, a través de los incontables mundos del universo.


No hay necesidad de entrar en más detalles. El factor central no es difícil de comprender. Es suficiente recordar que cada uno de los actos de cada individuo tiene que registrar sus efectos correlativos. Y esto se aplica a la existencia individual, desde la amiba hasta el hombre, desde la roca de las cavernas hasta la Vía Láctea. Esta ley rige tan implacable y definitivamente en los reinos vegetal y animal como en el hombre. No está exento de esa ley nada de cuanto exista. Podemos mencionar, sin embargo, que la ley del karma se extiende solamente hasta la región donde la mente y la materia cesan de existir. El karma es universal en el imperio de la mente y de la materia; pero hay un universo de mundos superiores donde lo gobierna todo el espíritu puro y no hay karma. ¿Cómo es eso? Se debe a que en ese mundo hay una ley superior que invalida a las demás leyes: se trata de la ley del Amor.

  
 

 

 

 

 

2. El Karma Mantiene Unido Al Mundo

 

La universalidad de la ley del karma es uno de los principales factores que mantienen la unidad de la vida del mundo, no solamente en la vida humana sino también ésta y la del animal. Los animales y los humanos forman una gran familia, con una historia complicada pero inseparable y un karma inseparable también. Oculta en esta gran ley está la razón principal por la que los hombres no deberían matar ni comer animales. Tampoco maltratarlos.


Un hecho de gran importancia para nosotros es que, de acuerdo con esta ley, estamos todos creando karma constantemente, incurriendo en deudas que deben pagarse en su totalidad. Ése es, en pocas palabras, todo el problema. Es una lástima que la humanidad no pueda entender el pleno significado de esta ley. Si pudiera, se remodelaría toda la estructura social.

Deben pagarse todas las deudas o, para decirlo de otra manera, nadie puede conseguir algo sin dar nada a cambio. Puede endeudarse pero, si lo hace, tarde o temprano tendrá que pagar sus deudas. No siempre notamos con exactitud el día y la hora de pagar. Puede que no se sepa cuándo tendremos que pagar, pero lo importante, lo que siempre es absolutamente inalterable, es que todos tienen que pagar. Eso es lo esencial.


A menudo la Naturaleza no solamente nos da un término muy amplio para pagar, sino que éste puede extenderse durante largos períodos de tiempo, a plazos. Después de todo, la Naturaleza es generosa. Concede, bondadosamente, al pecador mucho tiempo para el arrepentimiento y la compensación. Si los hombres obraran con prudencia nunca se endeudarían con ella y, si acaso lo hicieran, aprovecharían el primer momento apropiado para liquidar la deuda. De cualquier manera, los hombres deberían tener siempre en cuenta que no pueden "ganar la partida". Eso no puede ocurrir nunca: Tarde o temprano se tiene que pagar por completo, a menudo con un alto interés. La misma generosidad de la Naturaleza, al conceder tiempo para los pagos, conduce a veces a terribles malentendidos. Frecuentemente el que hace mal cree haber ganado la partida. Se imagina que ha burlado la ley, pero sólo se está engañando.


El observador se queja a menudo de que no hay justicia en el mundo. Aprecia que el pecador continúa aparentemente, sin recibir su castigo, mientras que el que obra correctamente no es recompensado. Nos da la impresión de que la justicia se descarría diariamente ante nuestros ojos y parece no haber una mano que corrija los errores. Es exactamente ahí donde aparece el plan del karma y la reencarnación y nos ofrece una explicación razonable.


Puede suceder, y ciertamente así ocurre con frecuencia, que no hayan sido saldadas las deudas de un hombre a la hora de la muerte. ¿Es que la ley no es válida en su vida? ¿Es que realmente ha vencido a la ley y se ha burlado del que la administra? De ninguna manera. La ley es inviolable. Nunca puede soslayarse. Nadie puede vencerla. Pero, como se dijo antes, la Naturaleza es generosa y nos da un largo plazo para el pago. La muerte de cualquier individuo no es el fin de su carrera. Es solamente el fin de un capítulo de su larga historia. Mientras deba la mínima cantidad a la ley, deberá regresar para pagarla. Asimismo, si hay cualquier relación kármica entre dos individuos, esa relación no puede darse nunca por terminada hasta que hayan sido saldadas las cuentas entre ellos. Eso nos lleva a la otra ley vinculada con ésta: la de la reencarnación.


En El Yoga y la Sicología Occidental, de Geraldine Coster, dice ésta:


Tenemos la costumbre de considerar la filosofía del karma como un fatalismo indolente y despreocupado y atribuirle muchos de los males que aquejan a la vida social de Oriente, cuando en realidad es una negación completa del fatalismo, quitándole todo lo que es casualidad, "el destino", en el sentido coloquial de la palabra, y la idea de una "Providencia que todo lo dispone", los cuales son conceptos bastante comunes en Occidente. Representa al hombre como dueño único y absoluto de su propio destino, para siempre. Debe cosechar inevitablemente lo que haya sembrado en tiempos de ignorancia pero, cuando logra iluminarse, depende de él escoger lo que siembra y cosechar en consecuencia.


Éste es un asunto que merece una especial atención por parte del estudiante. Esta gran doctrina, en vez de llevarnos a un lánguido fatalismo, es, en realidad, la única enseñanza en el mundo que nos demuestra exactamente cómo el hombre es el arquitecto de su propia fortuna y el creador de su propio destino. En este sistema no hay lugar para los decretos arbitrarios de una deidad caprichosa.


En la ley del karma está la solución perfecta para nuestras dificultades económicas y sociales. ¿Cómo? Date cuenta del principio fundamental. Todo el mundo, particularmente en Occidente, se vuelve loco por obtener beneficios. Dedican todas sus energías a acumularlos. Pero lo peor de todo es que no les importa la manera de conseguir esas ganancias ni si tienen que devolver el valor de lo recibido. Supongamos ahora que esta ley del karma echara raíces profundas en la conciencia del público, ¿qué resultaría? Considerando que cada uno de los hombres supiera en su conciencia íntima que simplemente tiene que pagar por lo que obtiene, ¿qué ocurriría? Nadie intentaría siquiera la tarea irracional e imposible de tratar de acumular una fortuna sin aportar su equivalencia. ¿Cuál llegaría a ser entonces el modus operandi de las transacciones de negocios? Todo hombre buscaría primero prestar un servicio por lo que esperara obtener. Sabría que tendría que pagar. Su primera consideración sería entonces: ¿Cómo puedo hacer un pago adecuado? Lo que piensa ahora, por encima de todo, es: "¿Cuánto puedo quitarle a los demás?" No toma en consideración si va a ganar dinero, sino solamente cómo puede cogerlo.


Ahora puede decirse, con la mayor seguridad y certeza que, mientras que prevalezca así ese sistema, el mundo se presentará como un gigantesco pleito entre ladrones, cada uno de ellos tratando de robarle a los demás. Pero el ladrón no se detiene nunca a pensar en el día en que tendrá que pagar. Tampoco lo hace el hombre de negocios ordinario. Sin embargo, si estuviera familiarizado con esta gran ley del karma, la ley básica de justicia administrada automáticamente, no se metería en esta rencilla ética, sino que primero se prepararía o establecería alguna empresa cuyo único objeto fuera prestar un servicio. Únicamente esperaría entonces como pago una justa compensación por sus servicios. Ésta es la ley fundamental de una economía razonable, de un intercambio mundial de utilidades y productos. Los métodos de negocio modernos no son ni más ni menos que un resabio de los días de saqueos desenfrenados, de pillaje y destrucción del más débil. Y, en su mayor parte, se debe a la falta de conocimiento de la ley del karma; es decir, que no se dan cuenta de que, sencillamente, tienen que pagar por lo que obtienen. Siguen tratando ciegamente de quitarle a los demás lo que quieren para ellos, sin importarles los principios morales.

 

 

 

 

 

3. ¿Qué Es La Reencarnación?

 

 

Cuando la muerte sorprende a un hombre, simplemente es transferido o transportado a otro campo de acción. Eso es todo, en resumen. Y sus cuentas van con él. Ése es el punto que, por lo general, no se conoce o, al menos, no se advierte. Para la mayoría de los hombres la muerte es como zambullirse en una oscuridad total. No tienen idea de dónde van ni de lo que les va a pasar. Pero los Maestros saben exactamente lo que le va a pasar a cada uno después de la muerte. Y, entre otras cosas, saben que todos se llevan sus cuentas con ellos. Llegará el día en que tengan que saldarlas, así es que, si no están liquidadas antes de morir, sencillamente tienen que regresar a este mundo para hacerlo. Almacenada dentro del Karan Sharir, (el cuerpo causal), está la semilla de todo su karma, un archivo infalible, cuyo encargado no comete jamás una equivocación. Nadie puede dejarlo atrás ni esconderlo. Dondequiera que va, este archivo va con él, tan cierto como la cola sigue siempre al perro. Es parte de él. Vaya donde vaya, tiene que enfrentarse a este archivo y pagarlo. Es una ley fija de la Naturaleza y tan infalible como las revoluciones de una estrella en su órbita.


Cuando el alma llega a la región sutil tiene que comparecer ante un juez cuya justicia nunca se confunde, que no puede ser sobornado y ante quien no pueden falsificarse los archivos. Ahi debe responder por cada punto y tiene que pagar por completo. Si se encuentra en bancarrota ante el juzgado y le pesan enormemente sus deudas, se le asigna otra vida bajo condiciones que le permitan hacer el pago. Ésta, sin embargo, es la justicia divina, mezclada con misericordia. Si su pasado ha sido muy oscuro puede ser obligado a soportar un castigo, como remedio para imprimir en su más íntima conciencia que "el crimen nunca es buen negocio". Entonces tiene otra oportunidad. Los efectos quedarán profundamente incrustados en su mente subconsciente en la vida o vidas sucesivas, aún cuando no recuerde su castigo, y, de esa manera, en esa vida subsiguiente, en lugar de gustarle aquello que le produjo tanto sufrimiento, tendrá una aversión innata hacia ello y lo evitará. Eso explica muchos de esos gustos y aversiones tan profundamente arraigados con que nace la gente.


Si la vida de una persona ha estado llena de buenas acciones, de bondad y amor, se le asigna un cielo o un paraíso u otro medio ambiente delicioso, cualquiera que sea el nombre con el que queramos nombrarlo, donde goza de recompensa absoluta por lo que se ha ganado. En todos los casos su karma se distribuye a plena satisfacción. Recuerda que el karma incluye tanto lo bueno como lo malo. Si alguien se gana algo bueno tiene que recibirlo. No hay nada que pueda vencer esa ley. Una vez que el karma se ha agotado en cualquiera de los planos sutiles y concluyó el tiempo, regresa al mundo naciendo de nuevo, estando determinado ese nacimiento y cuanto se refiere al mismo por su buen o mal karma. De modo que consigue exactamente lo que ha ganado, pero luego tiene una nueva oportunidad de mejorar el karma.


Hay un antiguo refrán que dice que "los molinos de los dioses muelen lentamente, pero extremadamente fino". Es tan sólo otro modo de decir que nadie puede escapar de su propio karma. Sugiere que, aún cuando la Naturaleza se muestre generosa en cuanto a plazos, al final se tiene que hacer el pago.


¿Por qué es necesario vivir otra vida en el mundo? ¿Por qué no se pueden saldar las cuentas en los planos sutiles a los que se va después de la muerte? La respuesta es que todos deben regresar a la vida en la tierra para poder cosechar lo que hayan sembrado y hacer todos sus pagos bajo condiciones de vida idénticas, que aseguren una justicia perfecta; también permite al individuo mejorar su karma hasta el punto en que pueda escapar finalmente de la rueda kármica de nacimientos y muertes. Esta escapatoria no puede lograrse hasta que su buen karma acumulado pese más que el malo y le lleve hasta su Maestro vivo. Porque ésta es la recompensa suprema del buen karma: encontrar al Sat Guru, quien le sacará a uno en última instancia del campo de batalla, fuera del reino de la ley kármica. Conseguir esto último es la meta que tiene en cuenta el Padre Supremo a largo plazo. Ésa es, de hecho, "la meta lejana y única de la divinidad, hacia la cual se mueve toda la creación": la liberación final del alma de la rueda de nacimientos y muertes y la entrada triunfal del alma en el Hogar, fuera del alcance del karma.

Ahora bien, los grandes Maestros, que contemplan este dogma desde los planos superiores, saben que el individuo tiene que regresar a esta vida y que lo hace una y otra vez, con el fin de cumplir con lo que demanda esta ley universal. Y esto constituye la ronda de nacimientos y muertes a la que llamamos reencarnación o "rueda de nacimientos y muertes". Cuando suena la hora del destino todos debemos dejar este campo de acción. De la misma manera y por la misma ley, todas las almas que residen temporalmente en cualquiera de esas regiones superiores tienen que cerrar los ojos a ese escenario y bajar otra vez y nacer de nuevo, acudiendo a la llamada de su karma. El tiempo, el lugar y los padres en esta nueva vida han sido ajustados por esa misma ley. La ley de su propio karma. Entonces conseguirá lo que ha ganado aquí, además de lo que haya experimentado allá. No es que obtenga un doble karma, como sugirió un estudiante, sino que parte de ese karma se paga allá y lo que queda sin pagar lo consigue aquí, en su nueva vida. Nace con un cuerpo nuevo y su conciencia despierta lentamente a una nueva vida en el mundo. Vive esta nueva vida y acumula un nuevo equipo de karmas, además de pagar lo que debía.


Hay otro punto interesante que debe recordarse aquí. En la nueva vida en que renace un niño los padres están enfrentándose a su propio karma, del mismo modo que lo hace el niño. Es tan perfecto ese sistema de la ley kármica que todos los individuos interesados se encuentran en el tiempo exacto y en la relación precisa para atender y saldar sus deudas kármicas. Supon que una pareja de casados mantienen una deuda kármica con alguien con quien estuvieran conectados de algún mundo en una vida anterior. Ahora ellos pagan esa deuda con sus servicios como padres y los años de cuidados y afanes que tienen que darle. De modo que los padres están trabajando bajo la ley del karma con tanta certeza como lo está el hijo al regresar a esta vida. Todos están haciendo frente a sus rigurosas demandas, de las que no puede escapar ningún hombre.


Esto constituye el eterno awagawan, tan a menudo mencionado por los estudiantes de espiritualidad oriental. Awagawan significa "vaivén". Mientras viva y actúe un individuo bajo la ley del karma no puede escapar de este ir y venir. Los Maestros lo llaman el chaurasi ka chakra, que significa la "rueda de los ochenta y cuatro" y es un fenómeno maravilloso. La idea de acuerdo a la mitología oriental es que el individuo, en compañía de su mente y de su carga de karma, va moviéndose a través de edades casi interminables, de nacimiento en nacimiento, pasando por los ochenta y cuatro lacs de diferentes clases de seres vi-vientes. (Un lac equivale a cien mil. Ochenta y cuatro lacs suman ocho millones cuatrocientos mil). Las escrituras Orientales explican que en este mundo hay aproximadamente ochenta y cuatro lacs de especies de seres vivientes, en el orden siguiente:


Tres millones de especies de vida vegetal.
Dos millones setecientas mil especies de insectos.
Un millón cuatrocientas mil clases de aves.
Novecientas mil clases de animales acuáticos.
Y cuatrocientas mil clases de animales terrestres, hombres
y otros seres inmediatamente por encima del hombre, pero
íntimamente relacionados con él, tales como devas, etc.
Los Occidentales les conocen generalmente como ángeles
o demonios. Podemos verlos algunas veces, cuando las
condiciones son favorables.


Entre todas suman 8.400.000, cada una compuesta de incontables millones de especímenes. El alma que va vagando, siguiendo su camino de nacimiento en nacimiento, puede que requiera pasar por este largo y fatigoso curso a través de todas ellas, siempre que lo exija su karma. Es posible que pase solamente por una parte, regresando luego al estado humano, pero en todos los casos conforme lo permitan sus ganancias. El circuito de todas estas formas de vida, como antes se dijo, constituye "la rueda de los ochenta y cuatro". Depende por completo del individuo cuántas de ellas tenga que atravesar. Los Maestros nos dicen que no hay escape de esa rueda hasta que uno encuentra su Guru y aprende a entrar en contacto con la Corriente Audible de la Vida. Esto se explica más detalladamente en el Capítulo Tres, Sección 3.

 

Volvamos ahora al tema del karma. El karma y la reencarnación están tan relacionados entre sí que no se pueden separar. Al discutir cualquiera de ellos, tenemos que tomar también en consideración al otro.


Hay tres clases de karmas reconocidos por los Maestros.


1. El primero se llama karma pralabdh o prarabdh, que significa "karma de destino". Es aquél que se ha obtenido en una o más vidas previas y sobre el cual se basa la vida presente. El individuo tiene que pagar por esta clase de karma durante su vida. Debe vivirlo en toda su extensión. No puede escaparse de esta regla, ni siquiera cuando se tiene un Maestro. Éste puede destruirlo, pero por lo general no lo hace, porque el individuo debe atender y pagar este tipo de karma. Se compara con una flecha disparada por un arco: cuando ya está en el aire, tiene que seguir hasta donde la mandó la fuerza del arco. Una vez disparada no se puede cambiar.


2. La segunda clase se llama sinchit karma. Esto significa "karma de reserva". Puede compararse con el dinero que se deposita en el banco en una cuenta de ahorros. Pero en este caso se dispone de los fondos, no cuando quiere el individuo, sino a voluntad del Señor del karma. Éste puede disponer y adjudicar su uso en la vida en tantas veces y lugares como él determine. El individuo no tiene voz ni voto.


3. La tercera clase de karma es kriyaman, el "karma diario", el que vamos haciendo día a día durante esta vida. Ahora bien, de este tipo de karma se puede disponer de maneras diferentes: Podemos sufrir o recibir su retribución de inmediato o en otra ocasión durante esta vida, o podemos almacenarlo como sinchit karma para disponer de él en el futuro, de acuerdo con la
voluntad del Señor del karma. En este caso puede llegar a convertirse en karma de destino para una vida futura.


Aquí puede mencionarse de paso que, cuando un Sat Guru toma a alguien como discípulo suyo, ese hecho altera materialmente su situación kármica. Todo su destino sufre un cambio completo. Eso depende por entero de la voluntad del maestro, porque entonces el Maestro es su Señor del karma. El Sat Guru es superior a los demás señores del destino. Puede hacer lo que le plazca con el karma de su discípulo pero, por lo regular, no interfiere con el karma pralabdh de ninguno. Éste se considera generalmente como fijo y definitivo. Debe sobrellevarse o recogerse como sembrado por uno. El Maestro puede hacer lo que quiera con el resto, de acuerdo con lo que considere mejor para su discípulo. Puede que requiera de éste que viva deshaciéndose del sinchit karma que le ha estado reservado en cuenta, así como del que está creando todos los días. En ese caso puede uno estar disponiendo de los tres karmas a un tiempo.


Si el discípulo se encuentra con que se ve obligado a soportar mucho, puede consolarse con que el Maestro está haciendo todo lo que puede para que quede limpio el recipiente lo más pronto posible. Cuando termine su vida estarán saldadas sus cuentas y quedará libre para siempre. Si el Maestro actúa así es a causa de su gran amor, sabiendo que, cuando el discípulo esté libre al fin, le agradecerá haberle hecho pasar por todo eso de una vez por todas y darle fin. Pero el Maestro no permitirá nunca que la carga se haga demasiado pesada. A menudo soporta sobre sí mismo parte de ella con gran amor y bondad. En todos los casos hace siempre el Maestro lo que es mejor para el discípulo, porque es la encarnación de la bondad.

 

 

 

 

 

 4. Metempsicosis. La Píldora Amarga

 

Aparentemente, la transmigración es una píldora difícil de tragar para el estudiante Occidental. Por esta razón y para complacer a nuestros amigos teósofos, así como a aquellos a quienes la Teosofía está tratando de satisfacer, nos gustaría mucho dejar este asunto, aunque es parte de la Sabiduría Oriental. Pero, siendo parte de las enseñanzas de todos los grandes Maestros, no puede dejarse fuera por contentar a nadie. Si el Creador no lo ha eliminado de su plan, ¿cómo podemos hacerlo nosotros? Los Maestros dicen que es parte de la vida misma y que debe ser incluido en cualquier esquema de filosofía que diga toda la verdad. No es cuestión de que nos guste, sino que es un hecho de la Naturaleza. Es como la muerte misma.


Aparentemente, a ninguno de nosotros nos gusta mucho, pero todos sabemos que tenemos que aceptarla como parte de la rutina de la vida en este planeta.


No debe descarriarnos nuestro egoísmo. No es un concepto tan malo como pueda parecernos en un principio. Sabemos que estamos relacionados con los animales de muchas maneras. Sabemos que nuestra conducta es a menudo como la de los animales y, algunas veces, lastimosamente más baja que la de ellos. ¿No es una desgracia que nuestro hermoso cuerpo tenga que regresar al polvo, a descomponerse, a convertirse en una asquerosa masa de carbón podrido, calcio y H20? Sin embargo eso es exactamente lo que sucede, porque la Naturaleza obra de ese modo y ninguno de nosotros puede cambiarlo. Ese hermoso niño inocente y juguetón, puro como un lirio, más dulce que una rosa, tiene que regresar a la tierra y convertirse en comida para los gusanos. ¿Hay algo más aterrador? No obstante, ésa es la Naturaleza. ¿Nos atreveremos a acusar a la Naturaleza de crueldad? La Naturaleza es siempre generosa y buena, aunque no siempre nos gusten sus métodos.


Si la mente lleva una vida animal, piensa como un animal y actúa como un animal, ¿no es perfectamente natural que regrese a la forma animal a cuyo carácter se pareciera más en vida? La desgracia no consiste en descender a la forma animal, sino en conducirse de tal modo que se haga necesario adoptar esa forma. Ahí, una vez más, está funcionando la ley eterna. En cada caso obtienes exactamente lo que has ganado. Si no has vivido como un animal ciertamente no regresarás nunca al estado animal. Sabemos que la degeneración es una ley de la Naturaleza, igual que el crecimiento y la evolución. Y si el hombre baja, ¿es eso más deplorable que el descenso a la tumba de una forma hermosa y amada, hasta descomponerse en una masa informe de corrupción? Ambos son procesos de la naturaleza. Están fuera de nuestro control, pero obedeciendo las leyes naturales podemos evitar el descenso a un estado inferior. Es muy cierto. Pero ningún hombre puede violar las leyes de la Naturaleza y escapar a su castigo.
 

 

Sabes que es un hecho que la conducta de un hombre puede ser mucho peor que la de cualquier animal. ¿Qué hay de incongruente entonces en que ese hombre regrese al nivel inferior como resultado de sus propias acciones? Al mismo tiempo, ¿no es alentador pensar que un animal al que le hayas tenido cariño pueda llegar a ganarse nacer como humano y ennoblecerse? ¿No parece eso estar más acorde con el amor del Ser Supremo? Admitirás que no hay objeción para que las especies de vida inferiores se eleven hasta algo superior. Tu teoría de la evolución te ha preparado para admitirlo y, no obstante, te preocupa mucho la idea de que un hombre pueda descender. ¿No hay un sube y baja incesante, propio de la evolución? ¿No hay un flujo y reflujo, un ir y venir, avanzar y retroceder? La degeneración y la disolución son parte de los procesos de la Naturaleza tanto como la evolución. Naturalmente que no es razonable que un hombre descienda hasta asumir la forma animal, pero lo realmente irrazonable es que sea su conducta la que le obligue a rebajarse.


No pones objeciones a la doctrina de la evolución. Si pudieras mirar al pasado y verte hecho un animal salvaje de una jungla prehistórica y luego observar cómo te elevabas hasta llegar a la condición de hombre, después de satisfacer la ley del karma, sufriendo y gozando como animal, ¿no te sentirías inclinado a reverenciar la majestad de esa ley que, lentamente pero con seguridad, está llevando a todas las formas vivientes hasta niveles más elevados? Si admitimos el ascenso de todas las formas de vida, nos vemos obligados a admitir también su descenso, aunque pensemos sólo en las formas de las especies, en las meras formas físicas. Sabemos que son capaces de mejorar grandemente. Nadie objeta la idea de que esta forma humana ha ido evolucionando, desde las formas animales más cercanas a la humana, de las especies inferiores. ¿Por qué debemos objetar entonces la subida o bajada de las mentes y almas de los individuos? También ellas están sujetas a las mismas leyes generales de mejora y degeneración. La construcción y la destrucción son solamente los dos lados de un mismo proceso. Observemos juntos estos dos procesos en toda la Naturaleza.

 

¿Percibes una mínima imagen del sublime espectáculo? ¡Ocho millones cuatrocientas mil especies vivientes, incontables billones de seres, en cada uno de los cuales hay una chispa de la Esencia Divina, con sus lucecitas brillando en la oscuridad, pero despertando lentamente a una conciencia superior! ¿Puede haber algo más inspirador? Cada una está trabajando incansablemente, esperando el día en que finalmente se liberará de la rueda. Si amas a los animales, ¿puedes encontrar una verdad más inspiradora?


Insistes en que no tienes objeción a que las formas inferiores asciendan hasta las superiores porque la teoría de la evolución ha preparado tu mente para ello. Pero no te parece bien el movimiento de retroceso. Una vez más, permitáseme reiterar que el hombre no necesita bajar. Y no lo hará si, por su conducta, ha merecido seguir perteneciendo a la condición de hombre. Pero si, siendo un hombre tan ricamente dotado, escoge deliberamente actuar como animal, pierde su dignidad e invita a la degradación y la humillación. Aún entonces no se ha perdido todo. Si desciende hasta el nivel animal forzado por su conducta bestial, puede elevarse otra vez cuando haya expiado sus pecados y purificado su mente. En otras palabras: cuando haya pagado su deuda kármica.


La misericordia del Supremo es infinita. Es magnánimo y paciente. No importa cuánto tiempo tarde el hijo pródigo en recapacitar y volver: en el palacio de su padre estará siempre la Luz encendida, esperándole. Tiene que volver a casa una vez que su karma haya sido pagado en su totalidad. Si el hombre se hunde por su conducta indigna, puede subir nuevamente por medio del sufrimiento y las buenas acciones. Si mi perro o mi caballo me sirven fielmente y con cariño, con seguridad que eso se les tomará en cuenta. La vida es un toma y daca. Si lo que se da es más que lo que se recibe, justamente en esa medida se eleva el individuo hacia una vida superior. Ésta es una ley infalible del karma, el eterno principio del equilibrio.


Al estudiar la ley del karma y el modo como funciona hay algo que no debe pasarse por alto: el hecho importantísimo de que ningún individuo puede jamás pagar la deuda de otro. Los teólogos han cometido el terrible desatino de ignorar esta ley fija e inmutable de la Naturaleza. Han construido el dogma teológico de una expiación delegada, en contraposición a la ley del karma. Si Jesús pudiera pagar el karma de un sólo individuo con su muerte en la cruz, la misma gran ley de la justicia se volvería inoperante. Con ese sólo hecho hubiera anulado el Creador su propia ley. Aún si Jesús pudiera pagar toda la deuda del mundo con su muerte en la cruz, entonces, todo el sistema de justicia se vendría abajo y estaría justificado el antiguo esquema de los sacrificios humanos y de animales.


Lo máximo que puede enseñar esa doctrina es el virtual reconocimiento de que el Creador se sentía defraudado con la conducta de los hombres. Después de que el hombre se había endeudado sin poder pagar, el Creador mismo tuvo que hacerlo por él. Pero ¿a quién le pagó? ¿Quién era el prestamista? Decir que se la pagó a Sí Mismo hace que la muerte de Jesús en la Cruz aparezca ni más ni menos que como una comedia en gran escala, como una llamada a la compasión pública. Decir que se la pagó al demonio lo eleva a éste hasta darle la condición de igual suyo, en una transacción dudosa. Hace del Creador un actor absurdo que se ve obligado a salir del paso en un embrollo. Afirmar que pagó la deuda de toda la humanidad a la ley de la justicia es únicamente un juego de palabras.


Todo el dogma está construido sobre la vieja regla del sacrificio y la sustitución, que era un truco de los antiguos para tratar de escapar de las legítimas consecuencias de sus propias acciones. Por ese medio solamente se hacían la ilusión de que habían escapado de su karma cuando, de hecho, habían aumentado enormemente su carga kármica. El sacrificio es un antiquísimo y casi inseparable compañero del lento despertar de la conciencia a la inviolabilidad de la ley kármica. Sabían que se tenía que hacer algo para escapar a las consecuencias de sus deudas morales, pero no sabían qué era. Todo este proyecto descansa sobre la suposición de que Dios y el diablo manejan una especie de doble imperio, donde el demonio tiene ascendencia la mayor parte del tiempo en este mundo, siendo el Señor mismo solamente algo más que un soberano nominal que se ve obligado a guardar las apariencias, en una situación embarazosa. Si los Judíos y principalmente San Pablo, que creó la teología Cristiana, hubieran estado bien informados sobre la inmutable ley del karma, no hubieran soñado siquiera en la idea de una expiación sustituida. Es algo que se opone directamente a la eterna ley de la justicia que abarca toda la Naturaleza(*).