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4. Análisis De La Mente

 

 

Ahora estamos en condiciones de avanzar hasta el centro mismo de nuestro problema sicológico. Estamos libres para analizar la mente en sí, para descubrir sus diferentes partes y sus funciones. Si la sicología moderna estuviera preparada para decirnos exactamente lo que es la mente, se hallaría en posición de dar al mundo una sicología científica auténtica. Pero, como se dijo antes, solamente los Maestros pueden decirnos con exactitud lo que es la mente. Ésta se adquiere en la región de Trikuti, el mundo causal. El alma recoge a la mente en su descenso por esa región, como equipo a usar en los planos inferiores. Esa región es el asiento de la Mente Universal. Es la región desde la que deriva toda mente. Así como el alma tiene su origen en la región del Alma Universal, la mente se adquiere en la región de la Mente Universal. La mente no se une al alma en vínculo permanente, sino de manera temporal. Digamos, por expresarlo de algún modo, que envuelve al alma, cubriéndola, oscureciendo al mismo tiempo mucha de su luz y entorpeciendo su actividad.


Recuerdo que me puse una vez un traje de buzo cuando estuve en la Marina de los Estados Unidos, durante la Gran Guerra. Tenía que saber qué era exactamente eso de caminar por el fondo del mar. No sé cuánto pesaba ese traje. Las botas solas eran tan pesadas que tuvieron que ayudarme a caminar hasta el borde del barco, desde el cual tenía que deslizarme al mar a dieciocho metros de profundidad. Pero, mientras caminé por el fondo del mar, no sentí nada extraordinario en el peso de esas botas, porque era el equipo que se tenía que usar. De igual manera, los diversos cuerpos que adquiere el alma al bajar constituyen un enorme estorbo si desea volver a subir. Sin embargo, si quiere descender o permanecer aquí abajo, se ve obligada a tenerlos.


Ahora bien, el alma, equipada con estos necesarios inconvenientes, comienza su carrera en las regiones de la mente y de la materia. Desde ese momento empieza a acumular karma. Antes no tenía, excepto lo que la Sabiduría Oriental llama Adi Karma. Éste es el karma primario y consiste en la acción de la fuerza creativa, el verdadero Shabd, cuya función es traer las almas a los planos materiales para que puedan comenzar a acumular experiencia. De ahí en adelante el alma empieza a adquirir experiencia por iniciativa propia. Su era de swabhava o swadharma, "autocontrol", comienza ahora. Esto significa que comienza a establecer un reglamento individual en su propia vida, su propio régimen, y a crear su propio destino. Empieza a gozar, a sufrir, a cosechar recompensas y a cumplir castigos. Y éste es el principio de su propio karma. Así se inicia su larga serie de vidas en la tierra. Aún cuando se halle mínimamente activa, está creando karma. Y en toda esta actividad su mente es su instrumento principal. La mente es la que crea el karma, trabajando siempre bajo la ley de causa y efecto.


La mente no es autoconsciente ni actúa por sí misma; no tiene fuerza automotriz ni iniciativa. Es simplemente una máquina, aunque altamente sensible y extremadamente poderosa cuando la acciona el espíritu. Como máquina sólo puede ser obligada a ejecutar aquello para lo que fue destinada, como cualquier otra máquina. Nunca podrá efectuar nada diferente de aquello para lo que fue diseñada y entrenada. Por supuesto que todas las máquinas son mecánicas en su acción, pero hablamos de la mente como máquina automática con objeto de remarcar este punto. Es un hecho importante que debemos poner en claro de la manera más definitiva que sea posible. Es un pensamiento nuevo para el mundo Occidental.


No estamos acostumbrados a pensar que la mente sea una máquina. Siempre se nos ha enseñado que, si había algo que tuviera poderes de originalidad e iniciativa, era la mente. Pero esto es así porque se nos había explicado una sicología errónea. Mente y espíritu se han confundido enormemente en la sicología Occidental, únicamente el espíritu puede pensar, originar y tomar la iniciativa. La mente actúa únicamente cuando es activada por el alma, pero en nuestra sicología se confunden generalmente ambas. Pocos, si es que hay alguno, conocen la diferencia entre ellas. La "Mente Divina" es una expresión común entre ciertos estudiosos, pero no hay mente divina. La divinidad suprema está muy por encima de toda mente. Sólo el Poder Negativo y sus subordinados tienen mente como los humanos. Debe entenderse bien la diferencia entre mente y espíritu, entre el alma y su instrumento, si es que queremos comprender la sicología de los Maestros y entendernos a nosotros mismos. Nuestra comprensión de los problemas fundamentales de esta ciencia depende mucho de este punto.

Hemos visto ya que la mente es sólo un instrumento que abruma al alma, oscurece su luz e impide su progreso, pero que es absolutamente necesario mientras estamos actuando en estos planos materiales. En segundo lugar, como hemos dicho tantas veces, la mente es simplemente una máquina. La mente por sí sola no puede pensar, no tiene voluntad y no puede amar. No puede recordar, sufrir ni gozar. Para hacer todas esas cosas debe estar activada por el espíritu en todo instante.


El espíritu es la única fuerza motora de la mente, igual que la corriente eléctrica es la fuerza que mueve la maquinaria. Del mismo modo que no podemos ver la electricidad que mueve la máquina, tampoco podemos ver el espíritu moviendo al hombre. Pensamos sólo en la máquina que podemos ver. Vemos el cuerpo humano y hemos llegado a acostumbrarnos a pensar que la mente es la fuerza principal que lo activa. Sin embargo, cada una de las actividades del universo es llevada a cabo por el espíritu y solamente por él. El espíritu trabaja por medio de muchas sustancias intermedias de estos planos. Sin el espíritu, la mente es tan inerte como el acero. La mente es materia igual que el acero, sólo que infinitamente más refinada. Está situada en un lugar inmediato al espíritu en todas sus cualidades esenciales. Su función principal es servir de instrumento al espíritu para hacer todos los contactos con los mundos materiales.


Por supuesto que la mente es un instrumento extremadamente útil, siempre y cuando se guarde bajo control del espíritu. La mente es un criado excelente, pero un pésimo amo. Tu automóvil o tu avión son un buen instrumento para viajar, pero debes controlarlos y guiarlos. No tienen voluntad propia, sino la tuya. Y con tu mente ocurre exactamente lo mismo. Si dejas que tu coche corra a lo loco a toda velocidad, se producirá ciertamente un desastre. No sabe más que correr como lo han programado. No puede ver ni razonar. La mente actúa exactamente igual. Es tu sirviente pero, si llega a ser tu amo, te llevará rápidamente al desastre. Siempre sé nos había enseñado que la mente razona, pero no es así. Actúa con precisión automática, en la forma exacta como se la estimula.


La mente es capaz de seguir un proceso deductivo, pero no tiene poder de inducción. Eso se demuestra a menudo en los casos de hipnosis. Dale al sujeto ciertas premisas, no importa lo absurdas que sean, y actuará sobre ellas con deducción automática. Pero dicha mente no tiene poder de síntesis y de inducción racional. Solamente el espíritu tiene luz en sí mismo y sólo el espíritu puede actuar independiente y racionalmente. Únicamente tenemos que observar un poco las acciones de la gente de todo el mundo. En todas partes y en todos los tiempos actúan más como máquinas que como seres racionales. Y es debido a que la mente les hace moverse rutinariamente, exactamente del modo en que se les ha enseñado a actuar. Es muy raro el individuo que piensa independientemente y, si alguien lo hace, es porque su espíritu ha llegado a emanciparse, hasta cierto punto, del control dominante de la mente.
 

 

 

 

 

 

5. Los Cuatro Antashkarans

 

Este asunto es tan importante que debemos dedicarle un poco más de tiempo. Debemos informarnos por completo de la mente, de todas sus facultades y de sus diversos modos de actuar. La mente está dividida en cuatro partes, llamadas en sánscrito Antashkarans o Antankaran que quiere decir "modos internos de acción''. Podemos decir que tiene cuatro atributos, facultades o cualidades primordiales. Estas cuatro divisiones de la mente se llaman manas, chitta, buddi y ahankar.


1. Manas es la materia de la mente per se. Es la que recibe y registra las impresiones a través de los sentidos de la vista, el tacto, el olfato, el oído y el gusto. Su principal función es el gusto. Prueba, saborea, goza o rechaza lo que no le gusta. Las sensaciones y el gusto son prácticamente lo mismo. Todas sus reacciones son automáticas. Manas goza de lo que ha sido entrenada para que le guste y sus reacciones son instantáneas. O le gusta un sabor o lo rechaza automáticamente. A continuación, transmite sus impresiones al buddhi para el juicio definitivo.


2. Chitta es la facultad que toma el conocimiento de la forma, la belleza, el color, el ritmo, la armonía y la perspectiva. Goza de todo ello y rechaza lo que no le agrada. Recibe sus impresiones especialmente por los ojos como instrumentos de percepción. Seguidamente, pasa también sus impresiones al buddhi. En todas estas reacciones, sus procesos son tan automáticos y regulares como las reacciones químicas.


3. Buddhi es el intelecto propiamente dicho, ese poder que usa el alma como principal instrumento de pensamiento, cuando es fortalecido por el espíritu produce pensamientos claros. Es el que discierne y decide y luego emite su juicio sobre todo cuanto recibieron las otras dos facultades. Sus decisiones se transmiten entonces a Ahankar, que es el último tribunal de ejecución.


4. Ahankar acepta las decisiones que Buddhi le transmite de las otras dos facultades y ejecuta sus mandatos. Es la facultad ejecutiva de la mente. También es la "personalidad" del individuo. Es la facultad por la cual diferencia el individuo su ser de todo lo demás y es la que le capacita para distinguir sus propios intereses de los intereses del resto. Es la facultad que, cuando se exagera, se convierte en vanidad o egocentrismo.

Resumiendo lo anterior:


Manas: Recibe y saborea.
Chitta: Advierte la forma y la belleza.
Buddhi: Discierne y decide.
Ahankar: Ejecuta las órdenes


Esto nos conduce a uno de los más importantes y prácticos de todos los hechos y operaciones de la mente. Ésta no tiene sólo cuatro atributos o cualidades fundamentales, sino que también posee cinco formas de acción destructivas, que se manifiestan cuando se desarreglan, se pervierten o se vuelven anormales las facultades arriba mencionadas. Estas cinco formas destructivas son perversiones de las facultades normales, debido a los impulsos hacia abajo de maya, el mundo de la materia y de los sentidos. Es decir, esas mismas facultades que fueron diseñadas por el Creador para uso del hombre llegan a pervertirse tanto por su mal uso que se hacen destructivas, en lugar de constructivas, malas en vez de buenas. Las llamamos las cinco pasiones destructivas. Es extremadamente importante que las entendamos. Podemos pensar en ellas como si fueran enfermedades de la mente.


Cuando ésta trabaja normalmente, en su esfera de acción legítima, está llevando a cabo el trabajo que le fue asignado.


Pero, cuando tiene lugar la más pequeña perversión de sus facultades normales, esas cinco formas destructivas se apoderan de una o más de aquellas facultades y controlan la mente. Mientras el espíritu controla la mente, las cuatro facultades desarrollan sus funciones apropiadamente y esas pasiones no pueden manifestarse. Sin embargo, cuando la mente se desenfrena, y se descontrola bajo el impulso de una o más de las cinco pasiones, se dirige generalmente hacia la destrucción.


Estas cinco pasiones destructivas son: kam, krodh, lobh, moh y ahankar. Se traducen como: "pasión sexual", que se ha convertido en lujuria, "ira", "codicia", "apego" a las cosas materiales y "vanidad". Estas cinco pasiones incluyen realmente a todas las demás formas de maldad de la mente que se puedan pensar. Se posesionan de la mente cuando ésta se deja suelta, fuera del control del espíritu.


El fuego nos presta muy buenos servicios, pero, en el momento que se queda fuera de control, puede hacerse muy destructivo. Lo mismo ocurre con la mente. Generalmente, un instrumento es más útil y potente cuando está controlado apropiadamente y más destructivo cuando se sale de control. Eso mismo sucede con la mente. Es el instrumento más poderoso de que dispone el espíritu, pero tiene que ser controlado.


No condenemos a la Naturaleza, sino tratemos de entenderla y obedecerla. Es nuestra mejor amiga, si comenzamos por aprender a respetarla. Comprendiéndola podemos trabajar en estrecha colaboración con ella, con grandes ventajas para nosotros. Puede suponerse que todo sufrimiento o dolor, mental o físico, que han tenido que soportar los hombres tiene como objeto principal conducirnos hacia una cooperación más perfecta con la Naturaleza. Si sólo pudiéramos aprender esta lección se salvarían muchas vidas arruinadas, muchos corazones dolientes y muchos cuerpos destrozados. Mientras no obedezcamos a la Naturaleza, tendremos que seguir sufriendo males interminables.


Nos maravillamos ante los poderes de la electricidad. Nos quedamos atónitos ante la gigantesca energía que se desata con la explosión de una bomba. Nos encontramos desvalidos ante el empuje de un fuerte ciclón o de una avalancha. Sin embargo, estas fuerzas son débiles comparadas con los poderes de la mente, cuando se despiertan por completo. La dificultad estriba en que hay muy poca gente que sepa cómo despertar o invocar los poderes mentales. Y es mejor que no lo sepan en su presente estado de evolución moral y espiritual. Pero, cuando llegue el hombre a ser responsable moralmente, aumentarán sus poderes automáticamente.


Prácticamente no hay límite para lo que pueda hacer la mente cuando se despierta y entrena apropiadamente y la vitaliza el espíritu. Un yogui entrenado, sabiendo cómo despertar y controlar los poderes de su mente, puede detener un tren en cualquier lugar, si lo desea. Puede hacer que llueva en cinco minutos de un cielo azul o puede secar una inundación. Puede hacer casi todo lo que se proponga, pero eso es únicamente jugar con las fuerzas naturales. Los milagros son sólo un juego de la mente. No son consecuencia de ningún poder divino, como cree la mayoría de la gente. No obstante, para hacerlo debe aprender dos cosas: Llegar a ser moralmente responsable y, luego, aprender a controlar su propia mente. Después de eso puede hacer lo que quiera. Por supuesto que no deseará romper ninguna ley moral. Si lo hiciera perdería sus poderes inmediatamente.


Es razonable pensar, y lo sostiene nuestra experiencia diaria, que, si se desataran esos gigantescos poderes invocados por una mente maligna, podrían atraer' los más terribles desastres. Por lo tanto, es previsión benévola del Creador que ningún hombre pueda invocar dichos poderes hasta que haya aprendido primero a controlar sus propias pasiones y a tener a raya sus tendencias malignas y todos sus impulsos egoístas. De otro modo, un hombre así podría destrozar el mundo entero. Los Maestros pueden hacer esas cosas; no solamente los Maestros, sino también muchos de sus discípulos avanzados.


El punto esencial aquí es que la mente es un poder muy grande y que debe conservarse bajo control. Si se usa correctamente puede conseguirse que realice maravillas pero, si se le permite manifestarse fuera de ley, puede acarrear desastres indecibles sobre su dueño y, a veces, también sobre los demás. Siempre que se permite ir sin control a cualquiera de las cinco malas pasiones, eso significa, en cada uno de los casos, que una fuerza poderosa, entendida para nuestro propio bien, se convierte en instrumento de destrucción. Ninguna facultad de la mente trabaja jamás por sí misma. Es activada por el espíritu y es tan automática en su acción como la explosión de un cartucho de dinamita. Únicamente cuando el espíritu lleva el control va la mente por canales seguros y sanos. Puede entonces compararse a un gran coche con un buen conductor al volante.


Cada una de las agitaciones, estímulos o excitaciones de la mente, en cualquiera de sus funciones, crea formas de pensamiento que pueden verse en los planos sutiles. Los pensamientos son cosas, lo mismo que las nubes o las casas. Cuando se ponen en movimiento, por cualquier clase de estímulo, las cuatro facultades antes mencionadas empiezan automáticamente a crear formas de pensamiento y a poner en movimiento ondas. Y la mente hará esas cosas con la exactitud de la química o de una maquinaria. No puede hacerlo de otro modo. No tiene poder para originar pensamientos independientes ni puede razonar sobre cualquier curso de acción que se le proponga.


Nos damos perfecta cuenta de que todo esto es contrario a nuestra sicología Occidental. Pero la sicología Occidental no entiende el mecanismo de la mente. Ésta no puede tener jamás la voluntad de desviarse de su trillado camino,, igual que una locomotora no puede querer salirse de los rieles donde la han colocado. El hábito es el método de acción mental más importante. Los hábitos son como las ranuras por las que corren las acciones. Lo primero que hace la mente, después de ser agitada y puesta en acción, es establecer una ranura, a la que llamamos hábito. Después de eso le es mucho más fácil continuar. Tras muchas repeticiones, la mente corre muy suavemente por esas ranuras y goza haciéndolo. Se resiente mucho si se la perturba y se la hace abandonarlas. Cada vez que la agita la misma demanda tiene idéntica reacción.


A menudo oímos a la gente culpar a los demás, insistiendo en que, si quisieran, podrían obrar de modo distinto. Sí, pero no pueden querer hacerlo de otra manera. Pueden escoger sólo lo que sus mentes han estado predispuestas a elegir, a menos que venga un nuevo impulso desde el espíritu. Y esto no es frecuente en la vida ordinaria. La gente, por lo general, es esclava conducida por los hábitos y las costumbres.


La mente nunca seleccionará un nuevo curso de acción, a menos que entre en ella una nueva fuerza, desde fuera de sí misma. De otro modo seguirá haciendo indefinidamente exactamente aquello que se le ha entrenado a hacer. No quiere hacer nada diferente de aquello a lo que se la ha acostumbrado. Se resiente de cualquier innovación. Le disgusta el cambio. Le agrada la variedad de acción, sí, pero quiere la clase de variedad que ya ha aprendido a gozar. La mente acepta, sin cuestionarlo, lo que se le ha enseñado a creer como cierto y correcto. Jamás aceptará nada, a menos que la obliguen a hacerlo. Fíjate en su irracional acción bajo hipnosis. La hipnosis mata la acción del buddhi y éste no puede actuar, ni siquiera sobre la base de sus propias experiencias individuales. Acepta de inmediato y cree por completo cualquier cosa que se le diga, sin importar lo absurda que sea.


La mente puede entrenarse hasta un grado muy alto de habilidad en cualquier línea de actividad y esto destaca la enorme ventaja de su cualidad de ser automática. Sus hábitos pueden convertirse en grandes éxitos, por ejemplo en música. Pero al principio debe obligarse a la mente a hacer lo que se desea, forzándola a continuar por ese camino hasta que se ha acostumbrado a él. A continuación, seguirá haciéndolo con agrado.


Cuando es activada por el espíritu, la mente origina pensamientos, y cada pensamiento toma forma definida en el plano astral. Puede verlo cualquiera que goce de visión astral. A menudo ocurre en los planos sutiles muy inferiores al astral puro, puesto que hay muchos de ellos. Después de que la mente se ha acostumbrado a seguir cierta rutina de pensamientos, le gusta seguir creándolos exactamente de la misma forma. Ama su propia manera de actuar y no puede pensar que haya ninguna otra que sea tan buena como la suya, hasta que se le imponga por la fuerza, por experiencia personal.


La mente adora la rutina. ¿Puedes enseñarle a una máquina a creer que no es bueno chocar contra un árbol? Puedes argumentar todo un día con ella y luego, al soltarla a toda potencia, se irá derecha contra el árbol, si éste se encuentra en su camino. Lo mismo ocurre con la mayoría de la gente. Generalmente siguen actuando igual que antes, a pesar de toda persuasión racional. Una persona puede cambiar su manera de pensar o de actuar si una pequeña luz se filtra desde su espíritu, pero, nunca al revés. Si la mente goza de cierta sensación, desea repetirla tan a menudo como sea posible, sin importarle si le hace bien o mal. Ésa es la causa por la que hay tantos borrachos, libertinos y drogadictos. Por eso mismo mucha gente se deja llevar por la ira, la vanidad, etc. La mente siempre hará lo que le gusta, sin importarle las consecuencias, a menos que la detenga el miedo o un impulso superior del espíritu.


Solamente cuando interviene Buddhi renuncia la mente al placer que se le ofrezca. Por supuesto que, si cierto acto le produce dolor, rechaza instantáneamente ese modo de actuar, sin importarle que el fin sea su propio bien. No es fácil para un hombre abrirse a sí mismo un absceso con un bisturí o permitir que lo haga otro, aunque sepa que es lo más conveniente para él. Únicamente cuando se afirme el espíritu razonador hará el individuo una cosa así. Los niños que no razonan no consentirán jamás que se les lastime, aunque sepan que es por su bien. Tal vez no ha alcanzado el Buddhi en tales casos suficiente desarrollo para que lo use el espíritu.


La mente no es moral ni inmoral, como ocurre con un automóvil. Es una máquina tan real como tu coche. Los caníbales no consideran que matar y comerse a un hombre sea mayor pecado que matar un pollo y comérselo luego. Para otras personas son pecaminosas las dos opciones. La moralidad, el pecado y la rectitud son, en su mayor parte, cuestión de costumbres o de geografía. Las costumbres sociales, los ritos, las religiones y la política, está todo basado en hábitos mentales, transmitidos generalmente de generación en generación.


La costumbre hace que sea malo en un país entrar en un templo con los zapatos puestos, mientras que en otro lo sea llevar sombrero. La costumbre hace que sea malo en algunas partes tener más de una esposa, mientras que en otras ser tan limitado es signo de pobreza o de inferioridad. Los hábitos mentales tienen toda la inflexibilidad de una máquina de hierro. Es más,
el hierro puede doblarse, pero trata de cambiar una costumbre bien establecida desde hace tiempo atrás y tus vecinos intentarán destruirte inmediatamente.


Toda la raza humana es esclava de la costumbre. Cada individuo de un país puede condenar esa costumbre pero, al mismo tiempo, todos harán lo posible por perpetuarla. La causa de todo ello es que la mente, tanto individual como social, es igual en su acción que una máquina. No puede razonar. ¿Puedes imaginar que esos enormes ejércitos marcharían con el deliberado propósito de destruirse uno al otro, si tuvieran el poder de razonar? El crimen y la rectitud moral son ambos hábitos mentales. La lucha internacional es solamente la ciega pasión personal desenfrenada, en bruto.


En esta acción mecanista de la mente hay algunas ventajas, pero también una grave amenaza. Si la mente, a través de un proceso gradual de sugestión y experiencia, llega a acostumbrarse a seguir por ciertas pautas de acción, conduce a menudo al desastre y a la ruina del individuo, a pesar de sí mismo. Ése es el aspecto extremadamente patético del asunto. ¡Cuántos de estos casos se presentan a la observación de todos! La gente llega a enredarse en la red de los hábitos y costumbres, mientras dentro de sus corazones desean ardientemente salir de ellos, pero no tienen suficiente fuerza de voluntad o de carácter para desenredarse. Van deliberadamente y a sabiendas hacia la destrucción, a pesar de ellos mismos.


Mientras más se consiente un hábito, más fácilmente y con más seguridad correrá la mente sobre esa ranura. Aunque se dé rienda suelta a una pasión, hasta quedar totalmente exhausto, nunca se vence su esclavitud. Más bien se establece más firmemente. Al mismo tiempo, el alma se vuelve cada vez menos capaz de impresionarse a sí misma y sus deseos sobre la mente o de hacerse oír siquiera. Finalmente, el hábito se hace tan fuerte, tan subyugante y dominante, que simplemente se desenfrena cuando lo inflama alguna pasión y arrasa con todo hasta acarrear la ruina.


Recuerdo que iba yo una vez caminando por las calles de San Luís con otro hombre. Éste era un borracho digno de compasión. Le habían puesto bajo mi custodia en el hospital donde estaba recibiendo tratamiento. Pasábamos por los bares y titubeaba ante cada uno de ellos: miraba hacia dentro con vehemencia, mientras todo su cuerpo se ponía tenso y temblaba. En su mente se producía una terrible lucha. Su antigua mentalidad quería llevarle a entrar en el bar. De no ser por mi decisión y mi fuerte brazo actuando en dirección opuesta, hubiera entrado, a pesar de su propia convicción. Pero su discernimiento se había debilitado. La razón no ocupaba ya su trono. Se hallaba paralizada entre los restos del naufragio de su humanidad. La pasión por la bebida le había usurpado su sede.


Debe saberse que el alma es algo extremadamente fino y delicado. Tiene un tremendo poder en su propio radio de acción, pero su capacidad de expresión es muy reducida en los espacios de material grosero. Por otra parte, si el alma tiene una mente entrenada y que le responda correctamente, puede hacer casi todo cuanto decida. Por eso es tan importante el control de la mente por medio del espíritu e insisten tanto en ello los Maestros.


La mente puede dividirse también de otra manera, además de las cuatro facultades. Puede decirse que hay mente superior e inferior. Ésta es una clasificación común, pero no científica. Hay sólo una mente, que actúa en diferentes planos. También puede dividirse en tres partes: la mente Pindi o mente del mundo inferior que es la que se manifiesta en los asuntos comunes de este mundo. La segunda es la mente Suksham, que trabaja en el plano astral y, por último, la mente Karan o nijmanas, la verdadera mente interior o mente causal.


Las tres se corresponden con los tres cuerpos del hombre y con los tres mundos en los que operan esos cuerpos, cada uno en su propia esfera. Pero con igual lógica podemos decir que hay seis mentes, porque cada una de las arriba mencionada puede dividirse en dos, una superior y otra inferior. En este mundo, por ejemplo, podemos hablar de una mente superior, que se ocupa de las formas más elevadas de actividad del pensamiento, tales como la literatura, la música y el arte. La mente inferior se ocupa de las cosas materiales más toscas, como hacer dinero, beber y la indulgencia en las pasiones: Pero, de cualquier modo, hay sólo una mente funcionando en diferentes planos sobre cuestiones superiores o inferiores en cada uno de ellos. En la cima de todas, la mente que se halla más cerca del espíritu es la verdadera nijmanas, la mejor y más pura. Bajo ella, cada sustrato de mente se adultera más y más con las sustancias más bajas y burdas. Por último, en los estratos inferiores hay una clase de mente que es sólo algo más que electromagnetismo. Cuando la atención se encuentra en este plano inferior, la que opera es la mente inferior. Aquí se absorbe en sus propios deseos, sus pasiones y sus juegos. Cuando la atención está en el plano astral se usa la mente Shuksham y, cuando la atención está en el plano causal, es esa mente la que trabaja. Pero en todos y cada uno de los casos es la misma mente, actuando en diferentes planos de existencia.


La mente más alta, la nijmanas, es una especie de piloto o giroscopio, cuya misión es recibir las impresiones del alma y transmitirlas a las mentes subordinadas para su regulación. Pero lo importante es que todos los aspectos de la mente son automáticos. Ninguno de ellos calcula nunca resultados o les asigna un contenido moral, sino que aceptan lo que se les da y reaccionan de acuerdo con ello, sin dudar ni tomarlo en consideración. Tampoco consideran lo que es mejor para el individuo, sino únicamente lo que se le ha enseñado por experiencia a aceptar o rechazar. En otras palabras, la mente no es una entidad racional. Reacciona automáticamente y siempre sobre la base de lo que le gusta o disgusta; nunca reflexiona sobre qué pueda ser lo mejor. Si entra en el proceso algún elemento de cálculo, puedes estar seguro de que está tomando parte en el asunto una pequeña luz del espíritu. Si la mente recibe un estímulo o, como nosotros decimos, una tentación, actuará siempre de acuerdo con la suma total de sus propias expe¬riencias pasadas. No puede actuar de ninguna otra manera. Ni siquiera lo desea.

 

 

 

 

 

6. Una Nueva Fuerza Entra En La Mente

 

 

El lector puede ahora preguntar, con toda razón, que si la mente actúa siempre de forma automática y exactamente de la misma manera en que se le ha entrenado previamente, ¿cómo se explica un cambio radical que se sale del trillado camino de los hábitos y los deseos? La contestación es que tiene lugar sobre la base de una nueva fuerza motriz que penetra en la máquina desde fuera. ¿Cómo deja un niño de jugar, se lava la cara y se va a la escuela? Sólo a causa de una fuerza motriz exterior que se introduce en el mecanismo. ¿Cómo se detiene un hombre de realizar algo que desea, da media vuelta y hace exactamente lo contrario? Debido a una fuerza motriz distinta que se adentra en su interior y él obedece, -tiene que obedecer-, a la más poderosa de las dos fuerzas que le empujan.


Un amigo mío se hallaba inmerso en mortal combate con el enemigo en el campo de batalla. Uno de los soldados enemigos estaba a punto de atravesar a su compañero con la bayoneta. Mi amigo le gritó que se detuviera al mismo tiempo que le apuntaba con su arma. El soldado enemigo se precipitó a su propia destrucción. Todo su impulso era matar. Suponía que su deber era matar. ¿Por qué se detuvo entonces y dejó caer la bayoneta? Simplemente porque había entrado una fuerza nueva en combate: el miedo de perder su propia vida. Prevaleció la más poderosa de las dos fuerzas, obligándole a dejar caer el arma y a levantar los brazos en señal de rendición. Siempre es así.


La física es el mejor campo de trabajo para el estudio de los fenómenos mentales. No hay una sola acción de la mente que no pueda reducirse a las Leyes del Movimiento de Newton y las reacciones de la química. No es extraño que los físicos modernos se inclinen a reunir todas las reacciones bajo su teoría mecánica del universo. A falta de un completo conocimiento, están plenamente justificados en sus conclusiones. Si tuviéramos que tratar sólo con la mente y nunca entrara el espíritu en el problema, - la teoría mecánica se aplicaría con una exactitud perfecta. Se ajustaría a cada uno de los hechos de la experiencia. Pero, cuando el espíritu inteligente comienza a entrar en juego, no puede predecirse lo que pueda suceder. El espíritu actúa con su propia luz y la mente lo tiene que seguir, quiera o no.


Si podemos reconocer ahora por entero el asombroso hecho de que la mente es tan sólo algo automático, insensible y no inteligente, que está sujeta a las leyes de la química y de la
física, estaremos preparados para la siguiente gran verdad en la sicología de los Maestros. Se trata del hecho clarificador de que toda inteligencia, luz y poder proceden del alma. Esta afirmación es incondicional. Es literal y universalmente cierta. Toda luz, inteligencia, armonía, ritmo, belleza, sabiduría, amor, moralidad y poder vienen del alma. Todo deriva del espíritu y el espíritu lo imparte a la mente, igual que la corriente eléctrica proporciona fuerza a la bombilla para hacerla incandescente.


Sin embargo, el alma trabaja a menudo con una seria desventaja, como se sugirió con anterioridad. El alma no nació para vivir en este mundo. Aquí se ve obligada a trabajar a través y bajo una serie de cubiertas análogas a una incómoda escafandra de buzo: las envolturas de la mente y la materia. Aún cuando la mente es materia de una especie refinada, estamos acostumbrados a hablar de ella como si no formara parte de la materia. Bajo todas esas cubiertas, el alma encuentra excesivamente difícil expresarse a sí mismo y tener su criterio propio. Con frecuencia se halla incapacitada para controlar su mismo instrumento mental. Su habilidad para expresarse depende de algún modo de la respuesta de su principal herramienta. Si ésta se vuelve ingobernable, defectuosa o enferma, el alma queda impotente.


Todas las coberturas que usa el alma le suponen un impedimento y debilitan sus poderes de expresión. La mente puede considerarse el cerebro del alma. Si este instrumento se ha pervertido, distorsionado, deformado o enfermado, el alma no puede trabajar normalmente a través suyo, al igual que la mente no puede trabajar a través de un cerebro enfermo. Las fuerzas más refinadas de la mente y del espíritu tienen que disponer de instrumentos adecuados de expresión ya que, de otro modo, no podrían funcionar en los planos materiales. La mente puede enfermar igual que el cerebro. El alma está desamparada. Solamente le queda sentarse a contemplar los despojos y sufrir en silencio.


El nivel de ajuste entre la mente y el alma es excesivamente fino. Puede perturbarse fácilmente al arrojar un cuerpo extraño en su delicada estructura. Estos cuerpos extraños son las malas pasiones.

El Maestro compara algunas veces a la mente sin control con un camello sin riendas. Puede desbocarse y huir en cualquier momento. Puede correr enloquecido hacia su propia destrucción. Recuerda que el alma está situada en los aposentos más íntimos del ser, como el capitán de un barco. Éste se sienta en el puente y controla su embarcación. Pero este control depende de su habilidad para mantener abiertas las líneas de comunicación con todas las partes del buque y de la obediencia instantánea de todos sus subordinados a cada una de sus órdenes. Pero, si estalla un motín a causa de un barril de vino que subiera la tripulación o hacen prisionero al piloto y lo reemplazan por un enemigo y encierran al capitán en la cabina, ese capitán se encuentra desamparado, aunque sea el mismo rey. Es sólo un prisionero en su propio barco. Ésta es precisamente la situación en que se encuentra el alma cuando se amotinan las cinco pasiones y toman posesión del buque: de la mente y el cuerpo.


Recuerda que el alma se encuentra en país enemigo y siempre rodeada de esos cinco fieles servidores del Poder Negativo, -las pasiones-, y, además, que esos cinco son muy adictos a embriagarse. Están comisionados para desviar al alma y a la mente y causarles problemas. Es su obligación. Lo peor del caso es que a la mente le gusta su compañía. Tiene amistad íntima con ellos y presta oídos a sus murmuraciones. Andan buscando constantemente cómo rebelarse, mucho más cuando alguno de ellos o todos juntos se embriagan con una nueva tentación. Es entonces cuando cooperan todos a que las facultades de la mente entren en un remolino de rebelión contra el espíritu, que es el verdadero capitán de la embarcación. Hablaremos más detalladamente de estos cinco enemigos en otra sección de este libro (Capítulo Seis Sección 7). Baste decir aquí que, tanto la mente como el espíritu, deben estar siempre en guardia contra ellos.


El alma y la mente pueden compararse con el capitán y su primer oficial. Si se relaja la disciplina por un sólo instante, el enemigo tomará ventaja. Uno debe estar siempre alerta. Un pajarillo se posa en mi jardín buscando comida: Mientras lo hace, observo que no deja nunca de estar atento, ni por un instante, sino que está vigilando constantemente por si pudiera aproximarse algún gato o cualquier otro enemigo. Está siempre listo para levantar el vuelo. Así deberíamos hacerlo nosotros. Debemos estar siempre prestos, en cualquier instante, para retirarnos a nuestro refugio, donde no pueden entrar los cinco enemigos, las cámaras sagradas del alma y el Santo Shabd.


Hay una cosa en especial de la que debería protegerse el alma, y es del insidioso deslizarse (como la serpiente) de un mal hábito. Todos los hábitos llegan a hacerse más fuertes con la repetición, como ya sabemos. Y la complacencia une más fuertemente las cadenas del hábito. Al principio pueden romperse y tener a raya más fácilmente con una voluntad firme. Pero, poco a poco, se vuelven fuertes y el movimiento hacia fuera y abajo lleva tanto empuje que el alma se queda completamente impotente. Entonces se encamina al desastre. Cada una de las cinco pasiones se vale del método del hábito para clavar sus garras en el corazón de sus víctimas.


En una pequeña barca iba un hombre a la deriva por el río Niágara, muy cerca de las cataratas. La gente le gritó desde la orilla, previniéndole, pero no les hizo caso. Cuando más adelante sintió que su embarcación era empujada con creciente velocidad, se dió cuenta del peligro, pero ya era demasiado tarde. Ya no tenía posibilidad de escapar de la corriente. Igual sucede con los malos hábitos. Hay un punto, un momento fatal, una crisis mortal, cuando el alma ya no puede manejar la situación. No puede llegar hasta la mente y la mente misma está entre las garras de un destino inexorable creado por su propia conducta.