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3. ¿Quién o Qué es Dios?

 

 

El concepto más común de Dios es el de Creador. Nosotros sólo podemos concebir a un Creador haciendo algo, así es que nos lo imaginamos creando y manejando el universo. Estamos obligados por el empuje de nuestras propias mentes a explicarnos las cosas como las encontramos o, por lo menos, tratamos de hacerlo; así es que la conclusión más natural es la de que las ha creado algún poder. Por el momento, podemos dejar fuera de consideración la curiosa interrogación de si Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios. La historia prueba esto último y la lógica supone lo primero. Pero ya hemos dicho que ni la lógica ni la historia son de fiar.


Si retrocedemos a las oscuras sombras de las edades prehistóricas y observamos allí a nuestros progenitores confundidos ante los multiformes fenómenos de la naturaleza, podemos llegar inmediatamente a la conclusión de que Dios o los dioses brotaron de la facultad imaginativa de! hombre. La mayoría de los dioses, aún en los Vedas, se parecen tanto al hombre en carácter que no cabe duda de su paternidad. Para un cuidadoso estudiante de la historia no hay nada más claro que el hecho de que el hombre ha estado muy ocupado construyendo dioses a su propia imagen. Sin embargo, cuando leemos, incluso en un libro tan moderno como la Biblia, que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, no lo encontramos muy halagador después de todo. Si el Dios que nos hizo no es altamente superior a nuestra imagen y semejanza, no necesitamos sentirnos tan orgullosos de nuestro linaje. Hasta donde podemos juzgar en la actualidad, ese trabajo no es muy satisfactorio para el Creador, si se supone que somos como Él. Por supuesto que puede deberse a que estemos todavía en la infancia. Puede que crezcamos a mayor imagen de nuestro Padre. Esperémoslo.


Así es que el mundo está lleno de dioses. Se dice que, solamente en la India, hay muchos millones. El resto del mundo no es tan rico en dioses. Un hombre puede tener siempre gran número de ellos cuando carece de muchas otras cosas. El mundo Occidental se interesa más en el dinero que en los dioses. Después de todo, tal vez el punto de vista Occidental sea más práctico. El pragmatismo es la consigna de la civilización Occidental. Demasiados dioses, en todo caso, como los cocineros, echan a perder la sopa. Este escritor duda de que un simple hombre pueda usar en su filosofía más de unas cuantas docenas de dioses de primera clase. Tal vez uno sólo sea suficiente.


Pero depende, en mucho, de lo que se quiera decir con la palabra Dios. Aquí está, en realidad, el eje mismo de la cuestión. La gran discusión acerca de Dios y de los dioses es, en su mayor parte, una exhibición de palabras y de ahankar, "vanidad". El que escribe sobre esos asuntos conoce muy raras veces el abecedario siquiera de lo que está tratando de discutir. ¿Cómo puede saberlo? Nunca ha escuchado el mensaje del único que realmente sabe: el Maestro Vivo. ¿Cuál es el valor práctico de andar en círculos hablando de Dios? Si fueras a estudiar cualquier otro hecho importante de la Naturaleza, acudirías a un experto que hubiera reducido por sí mismo toda esa materia a ciencia exacta, si es que dicha persona y dicha ciencia pudieran encontrarse. Si no existe ciencia, o ni siquiera un conocimiento fiable, ¿para qué malgastar tiempo y energías en discutirlo? Los Maestros son los únicos hombres del mundo que poseen un conocimiento exacto de la mente, del espíritu y del Camino para aproximarse a Dios. Y su ciencia, como las demás ciencias auténticas, está basada en experiencia individual y auténtica.
 

 

 

 

 

 

4. Nombres del Ser Supremo

 

En la literatura de los Santos se nombra a Dios con muchas palabras, tales como Swami, Ekankar, Nirankar, Radha Soami, Akal, Nirala, Anami, Agam, Alakh, Sat Purush, Prabhu, Prabhswami, Hari, Ray, Akshar, Arameshwar, Akshar Purush, etc. Todas esas palabras han sido acuñadas en un esfuerzo por hacer llegar a la inteligencia humana alguna idea de lo que los Santos piensan de Dios, Señor Dios, el más alto poder. Ekankar significa "la Unidad Única", el cuerpo de la unidad. Nirankar significa "sin cuerpo o forma". Soami o Swami significa "Señor omnipresente". Radha Soami, -Radha, "alma", y Soami, "Señor"-, "el Señor del Alma"; Radha, al invertirlo en hindú, se vuelve dhara o Corriente o "rio de energía", el atributo del alma. Cuando el dhara es revertido, cuando se vuelve hacia arriba, lejos de la creación, se vuelve. Radha, el alma.


Akal significa "intemporal". Nirala significa "sin par". Anami, "sin nombre". Agam, "inaccesible". Sat Purush, "el Señor verdadero", el que realmente existe, para distinguirlo de todos los demás dioses hipotéticos. Lo que no es sat no existe en realidad. Sat significa "verdad", "realidad", "existencia". Por lo tanto, la idea fundamental de la verdad es existencia. Lo que no es cierto no existe; la verdad sí. De ahí que verdad y existencia sean sinónimos. Purush implica "ser" y el "ser" implica la "energía creativa", el Señor que preside y predomina, la fuente de la energía creativa. Prabhu significa "el Señor que tiene poder y control". Prabhswami significa "Señor omnipotente dotado de poder". Hari Rai, "el Señor con auténtico poder", el verdadero rey de todo, como Sat Purush. Se usa en contraposición a Dharam Rai, el Poder Negativo que controla los Tres Mundos. Implica ley y orden. Dharam es "ley", "orden", "sistema", y se usa también para designar la religión o cualquier sistema religioso. Hari Rai es Sat Purush o Akal Purush, mientras que Dharam Rai es Kal Purush, Kal o Brahm.


Todo el universo se considera como uno, el verdadero Ekankar. Hay una perfecta unidad en el universo, que también es coexistente con Dios, infinito, ilimitado. Por consiguiente, el Swami es Nirankar, es decir, sin forma. Como tal, no tiene personalidad; de ahí que no tenga nombre. No puede decirse que esté "en alguna parte", puesto que está en todas. Estando en todas partes, siendo todo de todo, tiene que ser impersonal. Por supuesto que puede asumir cualquier forma, pero ninguna de ellas abarca su ser entero, de igual modo que un sol no abarca la totalidad de la materia física.


Cuando Soami se limita a sí mismo hasta cierto punto, aunque sea levemente, se convierte en Agam Purush. Si se limita un poco más es Alakh Purush y, cuando toma una forma definida con el propósito de administrar los acontecimientos del universo, se convierte en Sat Purush o Sat Nam. Sat Nam llega a ser entonces la primera manifestación limitada y definida del Ser Supremo. Pero no está limitado, salvo en cuanto a la forma. Sat Nam, "nombre verdadero", es el que define su individualidad y señala definitivamente la primera manifestación de su Infinito.


Los nombres de los Seres Supremos en otros idiomas, además del Sánscrito y el Hindi, son tantos como las ideas que se tienen de ÉL. God (Dios) es la adaptación anglosajona de "good", (lo bueno, el bien). Es el bien principal o la suma total de todo lo bueno. Deus es el nombre en latín que significa algo así como "el supremo emperador". Theos se le llama en griego, y significa el principal de los poderes augustos que tenía su asiento en el Monte Olimpo, desde donde regía al mundo. Adonai, Elohim o Yahveh son algunos de los nombres hebreos con los que se designaba al dios que fue primero una deidad tribal de los judíos y, más tarde, proclamado Señor de todos los dioses y de todos los mundos. Era el supremo legislador y el comandante de los ejércitos de Israel. Era el majestuoso guerrero cuya cólera era temible. La idea de que pudiera haber algo como amor en su estructura no se concibió hasta mucho después. A pesar de ello, la iglesia cristiana tomó su Dios de esta antigua idea hebrea de la deidad. Éste es el Dios a quien se refiere Sir Richard Burton cuando escribe en su Kasidah de Abdul el Yezdi: "Yahveh, Addon o Elohim, el Dios que destruye, el guerrero".


Ésta es una imagen real del Dios de la vieja Biblia; imaginad la reacción sicológica de la tierna infancia bajo las enseñanzas que recibían diariamente de un Dios así. No es asombroso que diga Kingsley, en Alton Locke: "Hasta la edad de doce años, nuestro Dios o, mejor dicho, nuestros dioses, eran el infierno, la vara, los diez mandamientos y la opinión pública".


¡Qué cierto es, como sabemos por experiencia la mayoría de nosotros, que ésas eran las cuatro formas que asumía el Dios que presidía nuestra infancia! Yo crecí en un hogar de una ortodoxia Cristiana muy estricta, pero no recuerdo ni una sola vez que me dijeran que Dios era un ser lleno de amor. Por supuesto, yo leía en el Nuevo Testamento:


Dios amó al mundo de tal manera que le dió a su hijo
unigénito.                                                      (Juan 3:16).


Dios amaba al mundo, por supuesto, pero me odiaba a mí y era siempre aleatorio que yo fuera a aterrizar en el infierno o en el cielo. De acuerdo con la mayoría de mis parientes, las apuestas eran de diez a uno que me tocaría el infierno. Para mí era un misterio cómo podía amar Dios al mundo, sucio y malo como era éste, más de lo que amaba a su hijo, a quien dejó que lo mataran. Y si Dios era todopoderoso, ¿por qué permitió que su propio hijo, cuya sangre inocente manó del costado donde le atravesó la lanza, fuera clavado en una cruz y pagara por los pecados del mundo? Si tenía más poder que el demonio, podía muy bien haberle dicho que se quedara en su infierno y dejara al mundo en paz.


Sin embargo, la idea de una salvación comprada con sangre resultó de la antigua idea de los hebreos de un Dios sediento de sangre, que reclamaba sacrificios. Naturalmente, Jesucristo enseñó una idea de Dios muy diferente y unos cuantos de los últimos profetas judíos tenían una idea mejor. Yo me hubiera avergonzado de reconocer, con Kipling, que un Dios así era el Dios de nuestros padres. Qué atinadamente describe a ese mismo Dios en su "Reccessional", cuando dice:


Dios de nuestros padres,
conocido desde antaño.
Señor de nuestra extensa línea de combate,
Bajo cuya tremenda mano mantenemos
Dominio sobre el desierto y la montaña,
Señor de los ejércitos, permanece aún con nosotros,
No sea que olvidemos. ¡No sea que olvidemos!


Los Santos no se apegan a los nombres. Conceden francamente que el Ser Supremo es Anami, "sin nombre", de modo que dicen, en esencia: "Escoge los nombres que quieras".


Alá el Misericordioso, del Islam, mandó a su último y más grande profeta, Mahoma, que reuniera las tribus del desierto y formara un sólo ejército para romper todos los ídolos. Están Indra, Varuna y los dioses antiguos que resaltan con gran brillo y majestad entre la multitud de dioses que se mencionan en la literatura védica. Está también Brahm, Brahma, Vishnu y Shiva (Mahesh) y muchísimos otros. Todos ellos, dioses de los libros sagrados. También están Akshar, Parameshwar, Purusha y Purushottama, nombres sánscritos para el poder gobernante y creativo. Zaratustra menciona a Ormuzd y los escandinavos tenían su Thor.


Om es el sonido en sánscrito que simboliza al Supremo. Los Indios Norteamericanos hablaban de su Manitú, el padre de todos, que gobernaba a todas las tribus. Es un hecho muy significativo y merece un estudio más detallado, el hecho de que, entre los Indios Norteamericanos, la idea de dios que más prevalecía era la de un padre. Jamás era para ellos una deidad llena de cólera, lista para golpearles a la menor desobediencia. Nunca pensaban en él como en un Dios iracundo, al que se debería propiciar por medio de sacrificios sangrientos.

 

Los Santos han dado muchos nombres al Ser Supremo, de acuerdo con el país en que vivían y el lenguaje que hablaban. Pero todos ellos reconocen que ningún nombre es adecuado. Ningún nombre puede nunca describir a Dios ni proporcionar una idea idónea de sus atributos. No está bien crear un conflicto por un nombre. ¿Qué diferencia hay entre decir Radha Soami o Rama o Alá? Es completamente indiferente que digamos pani (en urdu), eau (francés), amma (indio cheroki), hudor (griego), aqua (latín) o water (inglés). Todas estas palabras significan lo mismo: agua.


Vemos, así, que entre todos los pueblos y en todas las lenguas, no sólo es diferente el nombre, sino también las ideas fundamentales de la deidad. La gente, con una total ignorancia de Dios, ha ido creando dioses antropomórficos a su gusto en casi todos los países. Estos dioses, con sus secretarios regístrales a la derecha, han recibido altos estrados en los cielos, desde donde echan una mirada vigilante a los mortales que yerran. Nada se les escapa a los "ángeles contables". Cómo me disgustaban esos dañinos entrometidos cuando era niño. Por supuesto que la idea debe ser correcta, puesto que, por la ley del karma, tenemos que pagar a su debido tiempo por cada ofensa. El conocimiento de la ley kármica es, con seguridad, el origen de todas esas ideas de ángeles contables y de los castigos por los pecados.


A pesar de la confusión con respecto a nombres y características de los dioses, entre todos los relatos se encuentra, como un hilo de oro, la idea central de un gran poder que todo lo gobierna y que es más grande y mejor que el hombre. Esto se ha aceptado universalmente desde que emergió la raza desde tiempos prehistóricos. Los dioses son más poderosos y mejores que el hombre. Por lo tanto, debemos elevar nuestras miradas hacia ellos temblando de miedo: en algunos casos con deferencia.


Unos cuantos grandes Maestros, como Jesús, enseñaron que Dios debía ser amado. Todos los Maestros, a través de la historia, han enseñado que el amor de Dios era la virtud central de todas las virtudes y, al mismo tiempo, todos ellos han enseñado igualmente que Dios es el amor mismo. La antigua idea de que era un ser iracundo a quien se debía temer no era sino un residuo del salvajismo primitivo.


Que el Padre Supremo, en esta época de semicivilización, demandara ahora que su Hijo inocente, puro y amoroso derramara su sangre sobre el madero para lavar nuestros pecados, me parece tan completamente inconsistente con un Dios espiritual, cuya cualidad principal es el amor, que me asombro de que el hombre civilizado pudiera pensarlo ni por un momento. Sin embargo, yo lo creía y lo predicaba con gran celo. ¡Quería arrebatar unas cuantas almas de las amenazadoras llamas de la cólera divina! Espero que mi amoroso Padre me haya perdonado por haber tenido una noción tan cruda suya. Se debía a la ignorancia de las enseñanzas equivocadas.


Pero nunca nadie ha dado ninguna descripción o análisis de los atributos divinos. Ni tampoco nadie se ha imaginado a sí mismo capaz de hacerlo. Debemos reconocer el mérito de los teólogos por esa modestia. Dios los bendiga. No se han formulado más que sagaces conjeturas. Lo mejor que hemos podido hacer es atribuirle al Creador virtudes humanas en un grado infinito. Y no es ilógico. Puesto que el hombre fue creado por un Bien Infinito, debe haber derivado del mismo sus buenas cualidades. Podemos dar por hecho que el propio hombre ha creado la mayoría de los dioses y los demonios que se conocen en la historia; y, a pesar de todo esto, la Suprema Realidad se yergue muy por encima de todos esos dioses impostores. En verdad es la suma de todo bien.


Sin embargo, tan pronto como nos encontramos cómodamente instalados en estas sanas convicciones, surge el espinoso problema del origen de nuestras malas inclinaciones. Éstas se manifiestan tan penosamente que deben explicarse. Una conclusión es tan lógica como la otra. Si nuestras malas inclinaciones no vienen del Creador y autor de todo bien, ¿de dónde proceden?


Una vez más debemos tener cuidado de que nuestra lógica no demuestre demasiado. Aquí es donde descansa uno de los problemas más difíciles de todas las religiones y filosofías. Se han hecho esfuerzos desesperados por llegar a alguna conclusión satisfactoria, pero hasta ahora todo ha sido en vano. La sabiduría de los Maestros es la única que ofrece la clave de este enredado problema. ¿Cuál es el origen tanto del bien como del mal y qué son el bien y el mal per se?


Los antiguos no pudieron encontrar ninguna otra manera de resolver el problema del mal sin acudir al demonio para explicarlo. Así es que lo cargaron con la culpa sin tener la menor prueba de que fuera culpable. Hasta la fecha no lo han presentado nunca ante un juez para responder de los cargos, por la simple razón de que no han podido encontrarlo. Sólo imaginan que existe y en seguida presuponen su culpabilidad.


Todos encontramos que poseemos dos series de cualidades opuestas: a unas las llamamos malas y a las otras buenas. Ambas actúan en oposición entre sí. Sus tendencias son exactamente contrarias y terminan en resultados completamente antagónicos. De ahí que la vida se componga, en su mayor parte, de luchas sostenidas incesantemente entre estas dos series opuestas de cualidades y tendencias. Así es admitido generalmente por todas las escuelas de pensamiento. Pero, ¿de dónde conseguimos esas cualidades antagónicas? Y, lo que parece todavía más importante, puesto que todos sabemos que las tenemos, ¿cómo podremos deshacernos de ellas? Son grandes incógnitas. No sería lógico ni de sentido común suponer que esas cualidades tan opuestas puedan venir del mismo origen. ¿Puede obtener el hombre higos y cardos de la misma planta? La contestación a estos enigmas se dará en otra sección de este libro (Capítulo Cinco, sección 7). Aquí tan sólo repetimos que la sabiduría de los Maestros tiene la solución perfecta a estos problemas.


Pero los Maestros no intentan ningún tipo de análisis del Ser Supremo. En ese sentido son más sabios que todos los demás. Los hombres han escrito laboriosa y voluminosamente acerca de Dios. Hablan de él como si fuera el vecino de la casa de al lado. Esos individuos me recuerdan a una de las princesitas a quien le pidió el arzobispo que fuera a dar un paseo con él. Ella replicó: "Bien, iré; pero, si vas a hablarme de Dios, no necesitas molestarte: yo ya lo sé todo sobre él". De hecho, mientras menos saben los hombres de Dios, con más familiaridad hablan de él. Los grandes Maestros, que son los que más saben, se contentan con sentarse en reverente silencio, aún de pensamiento, sobre el Padre Supremo.


Jamás podrá darse descripción alguna de Dios a ningún hombre mortal. Y es así porque ningún hombre podría entender esa descripción si se le diera y, además, porque no hay ningún lenguaje en el mundo que contenga las formas de pensamiento necesarias para expresarlo. El hombre, en este plano, está demasiado limitado en su capacidad de comprensión. La razón por la cual los Maestros saben mucho más de Dios que ninguna otra persona es porque tienen menos limitaciones que los demás. Su capacidad de conocimiento se ha incrementado enormemente durante el proceso de convertirse en Maestros.


Démonos por satisfechos al decir que hay un Supremo Creador y que éste es el origen de cuanto existe. Los Maestros lo saben muy bien y es cuanto pueden decirnos. Pero, cuando alguien afirma que tiene pleno conocimiento de Dios, es tanto como afirmar que es igual a Dios. Los Maestros poseen enormes conocimientos acerca de las manifestaciones de Dios, pero no he oído nunca a ninguno de ellos pretender saberlo todo del Ser Supremo. Los grandes Maestros han explorado el universo entero, desde el plano físico hasta el puramente espiritual, y han informado de muchas de sus observaciones. Además, sabemos que sus conocimientos son prácticamente ilimitados, a pesar de que encuentran imposible describir con palabras todo lo que han visto y lo que saben de las regiones superiores. Tampoco podrían expresarlo si pudieran trasladar ese conocimiento hasta este nivel.


¿Cuál es entonces la contestación de los Maestros a nuestra pregunta inicial de quién o qué es Dios? Todos los Santos están de acuerdo, y así lo manifiestan también los habitantes de los mundos superiores, en que hay una Esencia suprema e infinita; que Él o Eso, está compuesto de sustancia espiritual pura y que reside e impregna la región suprema, que es su capital o cuartel general, desde donde se proyecta a sí mismo, impregnando todas las regiones a través de la creación entera. No tiene limitación alguna. Incluso al tomar forma, -lo que hace a menudo-, esa forma no le limita, porque no está limitado a ella. Ésta es solamente un fragmento infinitamente pequeño de sí mismo. Es espíritu universal, que se mueve en una corriente viva, vibrante, a través del espacio, entrando en todo lo que existe y vitalizándolo. Es la vida dinámica de cuanto existe. De esa manera, es impersonal, universal, omnipenetrante, omnipresente y sustentador de todo. Es la vida, la existencia misma de todo. Es existencia absoluta.


Pero a esta Fuerza, que lo abarca todo y que sostiene todo, no puede aplicársele ningún nombre que la describa o exprese en su totalidad. Hay, sin embargo, un acuerdo universal entre los mejores estudiosos del mundo, en el sentido de que el poder supremo es benevolente. Que, en Él o Ello, el amor, la sabiduría y el poder se combinan en su más alta expresión concebible. Y éste es el más elevado ideal de Dios imaginado o formulado en la mente del hombre. Y éstas son las enseñanzas de todos los grandes Maestros.

 

 

 

 

 

5. Monoteísmo, Politeísmo, Monismo y Panteísmo

 

 

Estamos ahora en condiciones de llamar la atención hacia una de las más singulares características de Sant Mat la enseñanza de los Maestros. Esta información resuelve, al mismo tiempo y de una vez por todas, la tan debatida cuestión de monoteísmo versus politeísmo. Hemos hablado del Creador Supremo como la única Esencia que todo lo abarca Hemos dicho que de él procede la Corriente creativa de la vida, que, no sólo crea, sino que también preserva al universo entero. Ahora bien, esto debería constituir un monoteísmo suficientemente procreador y definido para satisfacer al más escrupuloso campeón de la ortodoxia. Agreguemos, entonces, que el monoteísmo es un hecho concreto y establecido. Cualquier cosa que podamos decir de aquí en adelante no puede modificarlo ni alterarlo. Hay, y puede haber, solamente una Esencia infinita y suprema creando y entremezclándose con todo lo que existe, con su vida y la base de su perpetuidad. No necesitamos inquietarnos por esa clase de deístas que insisten en que Dios no existe en toda su creación, sino que está sentado, apartado, en su trono imperial, separado y distinto de su universo. En todo caso, el monoteísmo del sistema se mantiene imperturbable.


Muchos estudiantes se alarman ante las palabras monismo y panteísmo, pero estas palabras no son tan amenazadoras como suenan. Después de cuanto se ha dicho, estos sistemas de filosofía únicamente intentan sugerir un modo o método mediante el cual el Creador esté en contacto con su creación. En todos los casos, el Creador es el Supremo, la misma Esencia universal. Ningún hombre puede decir que el panteísmo no es un hecho, porque no puede probar que Dios no esté en todas partes y que todas las cosas que existen no sean parte de Él. No debe descorazonarnos que unos cuantos estudiantes sigan al Supremo hacia abajo, dentro de su Creación, y le pierdan allí de vista.


Ningún hombre puede decir tampoco que el monismo no sea un hecho, porque nadie puede separar a Dios de su universo visible. ¿Quién puede decir que haya algo que exista y que no sea Dios? Sería una afirmación atrevida. En el momento en que introdujéramos en el mundo cualquier elemento que no fuera parte de Dios, implantaríamos en el esquema de las cosas una dualidad esquiva que nos descarriaría, llevándonos hacia un laberinto de dificultades filosóficas. En todo caso, queda la Esencia Suprema que trajo a la existencia todo este sistema y que es todavía su Señor. Qué importa si ha hecho que el universo sea su cuerpo o que permanezca fuera de él y lo controle como un director de orquesta. En todo caso, la música es producto suyo. No debemos preocuparnos demasiado con métodos o técnicas.


Si el monoteísmo de los grandes Maestros tiene algún parecido con el panteísmo de Spinoza, conózcase que no estaba muy lejos de la verdad. "El hombre embriagado de Dios", como se le llamaba, iba llegando a tientas muy cerca de la Realidad. Podemos dar un paso más hacia adelante; si la enseñanza de los Maestros no es monismo puro, nos conduce entonces muy cerca de esa posición y revela el elemento de verdad que encierra esa teoría. Después de todo, ¿quién puede asumir un segundo principio creativo en el universo? ¿Hay alguna fuerza ajena al Supremo? Siendo así, ¿qué es esa fuerza y dónde se originó? ¿Cómo puede haber algo en la Naturaleza que no sea producto del proceso monogenético del Supremo? Si es así, no existe entonces un Ser Supremo que lo incluya todo. Cualquier otro concepto es inconcebible y solamente lleva al estudiante a dar vueltas en un remolino de palabras vacías.


Después que se haya dicho todo, el cosmos es uno y el poder creativo que lo mueve es uno. Puede manifestarse a sí mismo de diversas maneras y formas. ¿Quién puede separar el cosmos de la fuerza que lo hizo existir y que lo sigue manteniendo? Pero los Maestros no aceptan esa forma de monismo que va tan lejos como para identificar espíritu y materia y los hace a todos idénticos a Dios. Si esta clase de monismo insiste en que el universo físico es el mismo Dios, los Maestros no están de acuerdo. No convendrán en ello ni aún cuando se incluya la totalidad de los universos superiores en el grandioso cosmos y se diga que son idénticos al Supremo. Aunque el Infinito no puede separarse de Su creación, ni aún en los más íntimos recodos del pensamiento, no obstante, el Espíritu Infinito no es el universo. Esa esencia es muchísimo más.


En su verdadero sentido, puede decirse que el universo es el cuerpo de Dios, pero el cuerpo del hombre no es el hombre. Es solamente su cubierta física. Una afirmación así no sólo es una hipótesis muy torpe, sino también es del peor tipo de materialismo que se encuentra; el cuerpo no es el hombre y, sin embargo, está impregnado y gobernado hasta su última célula por el espíritu, que es el hombre real. Si se saca el espíritu del cuerpo, éste muere inmediatamente. De igual manera, si se extrajera del universo la Esencia Infinita, se desintegrarían todas las cosas. Del mismo modo que los cuerpos humanos mueren y sufren descomposición, a veces también envejecen y se disuelven ciertas porciones del universo material, para reaparecer cargados de nueva vida y vigor. Cada vez que sucede esto, se debe a que la sustancia de espíritu ha sido extraída de esa porción de la creación. Pero el espíritu mismo no está sujeto a ninguno de esos cambios. El alma, como su creador, es eterna e inmortal.


El resumen de esta discusión es que hay absoluta unidad en este universo, unidad orgánica y unidad indivisible en todo y que existe solamente una fuerza universal creativa y que lo sostiene todo, que nunca se separa de Él ni puede hacerlo jamás. Es un todo orgánico. Si deseas llamar "Dios" a esa fuerza universal, ahí tienes entonces tu monoteísmo perfecto, absoluto e irrebatible. Y, al mismo tiempo, tienes un monismo que reconoce solamente una sustancia en el universo, manifestándose a sí misma en una infinita variedad de formas.


Solamente queda una dificultad filosófica, y ello se debe a la incapacidad de nuestras mentes para ver la Realidad última. La dificultad estriba en nuestra ineptitud para reconciliar la doctrina de una sustancia con las diferencias que se manifiestan y que vemos que existen entre una y otra de ellas. En los polos extremos de la existencia no es fácil ver cómo la madera o la piedra puedan ser una sola cosa con el espíritu, cómo un árbol pueda ser uno con un ángel y ser diferentes. Pero la física nos ha dado una ilustración que puede ayudarnos a comprender esa idea. Ya se ha demostrado que las sustancias que parecen tener muy diferentes propiedades están compuestas de partículas electrónicas idénticas, debiéndose la diferencia a la distinta disposición de dichas partículas. Esto puede sugerir, al menos, que lo que es puro espíritu en el polo positivo, en un extremo de la creación, puede aparecer como algo completamente distinto en el polo negativo. La diferencia obedece a que las partículas son menos consistentes, más sutiles, y a un orden diferente del resto de ellas.


Pero esto nos conduce más allá de lo que queremos profundizar. Puede extraerse una analogía de otro hecho de la Naturaleza que es conocido de los Maestros. Mirando desde este extremo de la creación, cada individuo parece independiente, actuando bajo sus propios impulsos y siendo responsable de sus actos. Pero ese mismo hombre, mirado desde la cima de la creación, desde la región suprema, desaparece como actor individual y aparece en su lugar el Ser Supremo, como único hacedor. Nuestra dificultad consiste en que no podemos tener una amplia perspectiva del problema en su totalidad, desde un punto de vista único.


De igual modo que los pundits dicen que Akash es la sustancia primaria de la que se forman todos los mundos y que Prana es la fuerza primaria que mueve la creación entera en los mundos materiales, también puede suceder lo que ya hemos demostrado de que toda materia se resuelve en electricidad. Y que la agrupación de núcleo y electrones a su alrededor es sencillamente el método que ha adoptado la Naturaleza para mostrarnos las diversas variedades de materia y de cosas materiales, tal como las vemos. Se trata sólo de un paso más que nos acerca a la comprensión de la unidad de la Naturaleza, que lo incluye todo. Volviendo hacia trás, invirtiendo el orden de la forma en que ha llegado hasta nosotros el universo actual, tenemos que alcanzar por fin la sustancia única y primordial, mediante la cual se ha desarrollado el universo en su totalidad. Y, cuando encontremos esa Esencia universal, se verá que es idéntica a la Esencia Suprema que los hombres han llamado Dios. En ningún caso puede concebirse nunca que una parte cualquiera de este mundo pueda estar absolutamente separada del mismo. Es un todo orgánico. Una unidad.
 


 

 

 

 

 

 6. La Gran Jerarquía Del Universo

 

En la anterior discusión imaginábamos que habíamos resuelto el problema de monoteísmo versus politeísmo. Pero lo que tenemos que decir ahora podría parecer, en un principio, que perturba nuestro monoteísmo. Sin embargo, esta perturbación es sólo superficial. Hasta aquí, este capítulo ha sido sólo una preparación para lo que resta por manifestar.


¿Qué es la Gran Jerarquía? Es una grandiosa galaxia de señores, rectores, creadores y gobernantes de todas las esferas celestiales. Hemos hablado de las cuatro grandes divisiones de la creación y hemos hecho una breve mención de sus muchas subdivisiones. Ahora bien, en cada fracción, esfera o plano, desde el más alto al más bajo, hay un señor, rector o gobernante. Éstos son grandes almas, a quienes el Supremo ha encomendado cumplir los deberes que se les asignan en sus respectivas regiones. Cada uno de ellos ha sido dotado de ciertas prerrogativas y poderes divinos, entre los cuales se cuenta el del poder creativo.


Con objeto de comprender mejor el esquema en su totalidad, haremos un breve bosquejo del proceso creativo, como enseñan los Maestros. Cuando el Supremo deseó que existiera el universo, su movimiento primario fue crear el primer foco de acción, que puede considerarse como el primer escalón hacia el polo negativo inferior. Esto se hizo, por supuesto, después de la concentración inicial de todos los materiales de la precreación en el polo positivo, resultando un menor grado de concentración en el polo negativo. Este primer foco de acción se llamó Agam Lok y a su Señor se le denominó Agam Purush, que fue traído a la existencia al mismo tiempo, siendo la primera manifestación individual del Ser Supremo. Toda la subsiguiente creación se llevaría a cabo a través de esta primera manifestación individual. La suprema energía creativa que operaba ahora a través suyo trajo a la existencia la siguiente región bajo él, -a la que los Santos han llamado Alakh Lok-, y su gobernante, llamado Alakh Purush. A continuación, y actuando a su través, fueron creados la cuarta subdivisión y su gobernante. Los Santos llaman a esta región Sach Khand y a su Gobernante Sat Purush o Sat Nam.


Sat Purush debe ahora proseguir toda la actividad creativa bajo él. Cada una de las regiones llega a existir exactamente de esta misma manera y, al mismo tiempo, es creado el Señor de cada región y toma posesión de su cargo. Este proceso continúa hasta que se alcanza la última subestación, justamente por encima del universo físico. El Señor de esa región, Kal Niranjan, en ejercicio de los poderes que le asignaron, da existencia al universo físico entero y se completa todo el proceso creativo.


Pero el programa de la creación no es tan simple como puede parecer por el relato anterior. Fue extremadamente complicado. No solamente se crearon unas cuantas y grandes divisiones, sino innumerables fracciones, zonas y subzonas, región tras región, plano tras plano, cada uno diferente de los demás y cada uno regido por un señor o gobernador designado por el Creador, con poderes apropiados a los deberes que se le asignaban. Por ejemplo, no hay solamente un Brahm Lok, la región de la que se habla tan profusamente en las escrituras Hindúes y que, según ellos creen, es el plano más alto de la existencia espiritual: hay innumerables Brahm Loks, cada uno con su Brahm rector. Hay gran número de mundos subordinados, cada uno de ellos girando alrededor de un plano o mundo superior, en forma muy parecida a los planetas en torno al sol. Cada esfera tiene su regidor. No hay solamente un universo físico, sino millones de ellos, cada uno con su gobernador propio. No hay sólo un mundo como éste, como puedes sospechar, sino innumerables mundos iguales, todos girando alrededor de sus respectivos soles y cada uno con su propio rector espiritual. El número de planetas así habitados es tan enorme que ningún matemático podría contarlos en mil vidas, ni siquiera si pudiera verlos.


Así es que, flotando entre las innumerables estrellas, desde la más alta subdivisión de la creación hasta el último y mínimo planeta o planetoide habitable, hay señores y rectores designados por el Supremo a través de su jerarquía de subordinados. El deber de cada uno de ellos es hacer cumplir la voluntad y el propósito del Supremo. Todos son ejecutivos, virreyes y gobernantes suyos, debidamente elegidos. Como ya se dijo antes, cada uno de estos rectores está subordinado a su inmediato superior y recibe de éste todos sus poderes.


Así es como fue creado y organizado el universo de universos y está ahora gobernado por la Gran Jerarquía. El miembro más bajo de este conjunto de gobernantes es el rector de un sólo planeta y el más alto es Agam Purush, quien fue la primera manifestación individual del Poder Universal. Cada miembro individual de esta Gran Jerarquía es Señor Dios de todo cuanto está bajo él y, a través de cada uno de ellos, fluyen todos los poderes hacia el inmediato inferior. En cada planeta hay también muchos subordinados actuando bajo las órdenes del rector planetario. Al pie de esta Gran Jerarquía está el hombre. Cada uno de los miembros de la raza humana tiene su propia esfera de acción individual y, entre todos los hombres del mundo, hay gran número de individuos seleccionados por el rector planetario, para desempeñar ciertas funciones y deberes. Por lo general, no se dan cuenta de haber sido seleccionados ni de haber recibido poderes. Sin embargo, están actuando bajo órdenes, lo sepan o no, y deben servir al Poder Supremo, aunque no quieran. Este mundo no va dando tumbos al azar en forma caótica. Se mueve de acuerdo con la voluntad del Supremo. Debe llegar al destino final, conforme a ella, y nadie puede frustrar sus propósitos.


En esta grandiosa Jerarquía, los grandes Maestros ocupan un lugar único. Son los más formidables de entre los hombres. No solamente eso: no trabajan bajo órdenes del rector planetario ni de ningún otro subordinado de la Gran Jerarquía, sino bajo las del Supremo Sat Purush. Son sus principales ejecutivos en la tierra y tienen un deber especial, diferente del resto de la Jerarquía, y es el de rescatar a las almas del torbellino de los mundos materiales y llevarlas hasta Sach Khand; de la esclavitud de la rueda de la reencarnación a la libertad de la región suprema. Es su deber principal y es lo que hacen, como se dijo anteriormente, bajo la supervisión directa del Supremo mismo, completamente independientes de cualquiera de los subordinados, rectores o gobernadores de las regiones dependientes. Se les ha asignado este servicio singular porque no hay otra manera de que el alma humana pueda escapar de esta esclavitud, de esta prisión de maya.


Sin los Maestros, todas las almas se verían sentenciadas a circular a través de estas regiones de la materia, estos mundos de dolor y de sombras, durante incontables siglos. Así es como la bondad amorosa del Supremo ha proporcionado los medios de escapar a cuantos se valgan de ello y, al mismo tiempo, el Supremo ha convertido esta región material en una escuela de entrenamiento para nosotros. Si nos enfrentamos a estas situaciones con valentía y hacemos el trabajo que nos asigna el Maestro, nosotros mismos llegaremos a percibir la realidad de Dios y nos elevaremos, por encima de todas las ligaduras materiales, hasta los mundos de luz y de gozo.


En este plan general y conforme a las ganancias de su propio karma, cada individuo, hombre o mujer, ocupa su lugar, realiza el trabajo que debe llevar a cabo y crea nuevo karma, de acuerdo con la libertad de elección que posea en ese momento. Cuando termina su tarea, se marcha a otro campo de acción, conforme a sus ganancias kármicas. Y así prosigue el esquema entero de era en era, de yuga en yuga.


Ahora surge una interesante cuestión. ¿Llamaremos "dioses" a todos estos miembros de la Gran Jerarquía? Si no dioses, ¿cómo debemos nombrarles? Porque no debemos ofender a nuestros rígidos monoteístas. Si un hombre es parte del Supremo, originado de su propio Ser, una proyección suya, el hombre individual no es entonces menos que un dios, aunque sea un espécimen muy humilde. El hijo de un animal es un animal, el hijo de un hombre es un hombre y, así, el hijo de un dios debe ser un dios. ¿Cómo debemos llamar entonces a todos esos grandes señores y gobernantes? Si les llamamos dioses, nos insultarán nuestros celosos monoteístas por introducir otra clase de politeísmo. Después de todo, ¿qué peligro hay en un simple nombre? ¿Por qué tiene que preocuparnos tanto? No podemos llamarles hombres. Son mucho más elevados que los hombres que conocemos.


De cualquier modo, ¿qué es exactamente un dios? Definamos la palabra, aunque sea solamente para esclarecer la discusión. Un dios es un gran ser dotado de poderes y prerrogativas sobrehumanas, entre las cuales están la creación y el gobierno de los mundos. Reconocemos que esta definición es algo original. No la encontrarás en el diccionario, pero es adecuada al propósito de este libro y las enseñanzas de los Maestros. Nos ayudará a poner en claro el significado de lo que queremos decir cuando usamos el término "dios". Hay, por tanto, muchos dioses con variados poderes y grados de autoridad y, sin embargo, presidiéndolos a todos, sólo hay un Dios, con autoridad suprema. Hablando más exactamente, todos los dioses existentes son otras tantas manifestaciones individuales del Ser Supremo. Esto debería ser aceptable para nuestros monoteístas.


Hay otro punto aquí que requiere unas palabras explicativas. No estamos acostumbrados a pensar en nadie, que no sea el Ser Supremo, como dotado de poderes creativos. Esto era así porque no teníamos conocimiento de las enseñanzas de los Maestros. Éstos saben que muchos miembros de la Gran Jerarquía tienen poderes creativos, hasta cierto punto prácticamente todos ellos. Por ejemplo, se ha afirmado anteriormente que Kal Niranjan es el creador del universo físico. Por esta misma razón se le ha confundido a menudo con el Dios Supremo de la creación entera. Muchos devotos que no van más arriba de su región creen firmemente que es el Dios Supremo, pero en realidad ocupa un asiento relativamente humilde en la Gran Jerarquía. A pesar de ello, es el creador de este universo físico entero y sigue siendo su gobernante. Continúa aquí de acuerdo con la voluntad y las órdenes del Supremo, tal y como las recibe de sus superiores. Generalmente, se le considera el Poder Negativo por estar situado en el polo negativo de la creación. Sin embargo, sus poderes son muy grandes si se les compara con los del hombre. Mencionaremos, de paso, que cada uno de los Maestros auténticos tiene poderes creativos. Tiene poder sobre la vida y la muerte. Están en sus manos la creación y la disolución. Los poderes de cualquier Maestro verdadero exceden con mucho a los de Kal Niranjan, que fue quien realmente creó este mundo. Pero la misión de un Maestro no es crear. Su tarea se orienta en otra dirección. Puede hacer cuanto quiera, pero su labor está definitivamente determinada. Crear o gobernar los mundos no forma parte de sus deberes. Vive en este mundo como un amigable visitante y, mientras lo hace, no interfiere en la rutina de los asuntos de gobierno. Ésta es una de las razones por las cuales hace milagros muy raras veces: no desea contravenir la ley.