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5. Anda, El Más Bajo De Los Cielos

 

 

La situación de Anda es la más próxima al universo físico. Su capital se llama Sahasra dal Kanwal, que significa "loto de los mil pétalos". Su nombre está tomado del gran conjunto de luces que constituye la vista más atractiva cuando se aproxima uno a ese mundo. Ese gran grupo de luces es la "planta de energía" del universo físico. De esa planta fluye la energía que ha creado y que sostiene ahora todos los mundos de nuestro grupo. Cada una de esas luces tiene un tono o aspecto diferente y constituye el más maravilloso espectáculo al entrar en esa magnífica ciudad de luz. En esa esplendorosa ciudad pueden verse también muchas otras cosas interesantes y bellas. Igualmente, pueden encontrarse aquí millones de personas de las más renombradas en el mundo, de todas las épocas de nuestra historia. Muchos de ellos son ahora residentes de esta gran ciudad y país. Naturalmente, están absolutamente felices. Es muy superior a cuanto se haya visto jamás en este mundo. Sin embargo, no es sino la primera estación en el Sendero ascendente de los Maestros.


Esta región constituye la parte negativa de todas las zonas superfísicas; es decir, que se encuentra en la parte más distante del polo positivo de la creación. Algunas veces se clasifica como parte de Brahmanda, pero los Santos prefieren considerarla como una gran división por separado de la creación. Tiene muchas características distintivas propias. Siendo su situación la más próxima al universo físico, sirve de puerto de entrada para todas las regiones superiores. Deben atravesarla todas las almas en tránsito hacia dichas regiones. La gran mayoría de las almas humanas, al morir, pasan a algún plano de Anda, pero son comparativamente pocos los que van directamente a esta parte central de Sahasra dal Kanwal. Los Maestros y sus discípulos tienen que viajar a través de todas estas regiones, de camino hacia los mundos superiores.


Esta sección de la creación no es inmortal o imperecedera. Tampoco lo son sus habitantes. Muchos de ellos creen haber alcanzado la inmortalidad porque sus vidas duran períodos de tiempo extremadamente largos en ella, pero no hay inmortalidad segura hasta que se llega a Sat Desh. Todo cuanto está debajo se halla sujeto a muerte y disolución.


Hay dos clases de disolución. Una, la disolución simple, que llega hasta la más baja sección de Brahmanda, una región llamada Trikuti; esto ocurre después de muchos millones de años. La otra es la gran disolución, que tiene lugar tras períodos de tiempo inconmensurablemente largos y se extiende hacia arriba, hasta la parte superior de Brahmanda. Por supuesto, ambas disoluciones incluyen el universo físico entero: cada uno de los soles, lunas y planetas que lo componen. Al llegar ese momento, desaparece cada una de las estrellas y sus satélites y, a continuación, sigue un período de oscuridad de igual duración a la vida del universo. Cuando expira el período de oscuridad, se proyecta una nueva creación y los cielos reviven una vez más, llenos de brillantes estrellas. Con cada nueva creación comienza una nueva Edad de Oro para cada planeta y sus habitantes. Pero entre una y otra de las disoluciones menores hay también períodos de renovación de la vida de cada planeta, cuando llegan las Edades de Oro, tras las eras de las tinieblas.


Existe una idea general, que se encuentra en la mayoría de las religiones, de que este mundo llegará a su fin. Y así lo enseñan los Maestros. Pero el fin es una propuesta muy diferente a lo que se supone generalmente. Llegará en el instante en que se disuelvan todos los mundos del universo físico y, después de períodos de oscuridad y silencio, ocuparán su lugar otros nuevos mundos. Los habitantes de todos esos mundos que han de disolverse son transportados a regiones superiores, en una especie de estado comatoso, para ser recolocados de nuevo en esos mundos, una vez acondicionados éstos para las necesidades de la vida humana. Entonces comenzarán una vida nueva, bajo condiciones más favorables. Estas disoluciones periódicas suceden en el universo físico después de muchísimos miles de millones de años. Ningún hombre debe preocuparse de que ese tiempo esté cerca. Todavía quedan muchas lunas.

 

 

 

 

 

 

6. La Gran División De Pinda

 

 

La cuarta gran división, comenzando por arriba, se llama Pinda. Es el material más burdo del universo físico. Aquí predomina la materia tosca, conteniendo solamente un pequeño porcentaje de mente y una cantidad aún menor de espíritu. Nuestra tierra es un miembro pequeño e insignificante de Pinda. Ésta abarca todos los soles y los planetas conocidos y desconocidos por la astronomía. Se extiende en el espacio mucho más allá del alcance de cualquier telescopio. Los astrónomos no han podido contar jamás estos mundos, aunque al perfeccionar sus instrumentos se hayan extendido sus campos de acción. ¿Quién podrá deslindar o indicar los límites de esas profundidades estrelladas? ¿Quién puede enumerar lo innumerable? ¿Quién puede circunscribir lo ilimitado? Hasta la más lejana extensión del espacio, dondequiera que haya un sol material o una brizna de polvo, todos ellos están incluidos en la cuarta gran división que los Maestros llaman Pinda.


En esta división predomina lo material. Lo material está impregnado de muchas sustancias más finas, incluyendo entre ellas a la mente; al final de todas ellas hay una mínima cantidad de espíritu, para dar vida al resto. En ésta, la más baja de todas las divisiones de la creación, hay poca luz y muy bajo grado de vida, si se compara con Brahmanda. Pero, si se compara con Sat Desh, este mundo está en tinieblas y apenas si puede percibirse vida. Su sustancia es burda, tosca, inerte y llena de toda clase de imperfecciones. Estas imperfecciones, como se dijo antes, se deben a la escasez de espíritu en este polo. Esta situación negativa es el terreno donde crecen todos los males.


El mal, es simplemente oscuridad, ausencia de luz, lo cual quiere decir ausencia de espíritu, por muy real que nos parezca, lo negativo es sólo ausencia de realidad y la ausencia de realidad es ausencia de espíritu. La comida es una realidad para nosotros, pero el hambre también lo es para nuestro consciente. El hambre se debe a la ausencia de comida. En un último análisis, toda pena, todo anhelo, todo deseo, son solamente un grito del alma pidiendo más luz, más espíritu. De igual manera, el mal se debe a la falta de espíritu. Y la razón por la que tenemos un porcentaje tan pequeño de sustancia de espíritu en este extremo de la creación es porque es
el polo negativo de toda ella. Pinda es el extremo del polo negativo y, como consecuencia, está tan escaso de espíritu, que yace en un estado de semimuerte, una situación de pesada inercia, inmerso en oscuras sombras.


A causa de esta situación surgen toda infinidad de dificultades experimentadas por los mortales en este plano de vida. Conforme abandona uno este plano ínfimo y comienza a subir hacia el polo positivo de la creación, aumenta la luz y, por consiguiente, hay más vida, más belleza y más felicidad. Todo ello se debe íntegramente al incremento del porcentaje de espíritu en los diversos planos. El amor, el poder, la sabiduría, el ritmó y la perfección de todo orden están colocados en lugar de las situaciones negativas que prevalecen en las secciones inferiores del universo.

Tiene que decirse aquí, con todo el énfasis posible, que las perfecciones de cualquier región, mundo, persona o cosa, se manifestarán exactamente en proporción al grado de sustancia de espíritu que prevalezca en ellas. Y viceversa: las imperfecciones se muestran en proporción a la falta de espíritu. Esos estados, lo que llamamos el mal, se manifestarán proporcionalmente al predominio de la materia. La falta de espíritu es, por lo tanto, una enfermedad fatal de este universo físico. De este estado resultan las demás enfermedades. En un último análisis, creemos que sólo hay una enfermedad en el mundo: la anemia espiritual.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo  Cinco

 

DIOS Y LA GRAN JERARQUÍA DEL UNIVERSO

 

 

 

 

1. Dios: La Desconcertante Pregunta

 

 

La mayor y más antigua pregunta propuesta jamás a la inteligencia humana es: "¿Hay un Dios? Y, si es así, ¿quién o qué es? ¿Dónde y cuándo puede contactarse? ¿Y tiene algo que decirle a la humanidad?". Aún cuando se han escrito toneladas y montañas de libros, tratando de contestar éstas y otras preguntas similares, no se ha dado nunca más que una respuesta y nunca podrá ser sino una. Ésa es la respuesta de los Maestros. ¿Por qué? Porque solamente los Maestros conocen la respuesta a todas esas preguntas. Todos los demás suponen y especulan.


Mucho se ha dicho sobre cómo encontrar a Dios, como si fuera sólo una especie de rey-emperador y todo lo que necesitara fuera un sacerdote que te introdujera. Los hombres filosofan sobre "la percepción de la realidad de Dios". Los hombres de todas las escuelas de filosofía están de acuerdo en que el summum bonnum de toda existencia es "percibir la realidad de Dios", pero no tienen ni idea de cómo hacerlo. De modo que leen y hablan y muchos de ellos se dedican a enseñar el Camino. Pero nunca nadie de la tierra se ha encontrado con Dios o ha percibido su realidad si no es por el método de los Maestros. No puede hacerse de ninguna otra manera. Los Maestros, por lo tanto, son los únicos hombres del mundo aptos para discutir la cuestión de encontrar a Dios.


A tientas tras la verdad, los hombres han intentado en todo tiempo encontrar su camino hacia Dios o, por lo menos, tener destellos de comprensión sobre este tema. Pero su éxito ha sido problemático. Han llevado su búsqueda por muchos y variados caminos y por campos muy alejados. Sin embargo, esta misma búsqueda ha conducido a la humanidad, lentamente, hacia la luz. Desde los antiguos rishis, Zaratustra y los Magos, Hermes y Platón, hasta Kant, Edwards y Northrup, se han repetido estas preguntas con quejumbrosos lamentos y su única respuesta ha sido un eco solitario. ¿Quién puede conocer a Dios en realidad sino aquél que ha ascendido por sí mismo hasta las alturas espirituales donde Dios se manifiesta a la vista abiertamente?


Al mismo tiempo, los hombres han seguido creando dioses a su imagen a través de la historia. Para el científico materialista Dios es una abstracción, silencioso como una esfinge. Muchos estudiantes sinceros se refugian en el agnosticismo. Dicen, con Ingersoll, que el hombre se yergue entre dos altas montañas, el pasado eterno y el futuro eterno; y ningún hombre puede ver más allá de ninguno de esos picos. Solamente la esperanza puede dar un poco de valor. Los teólogos, en un esfuerzo desesperado por probar la existencia de Dios, señalan la construcción y el orden de la naturaleza, el ritmo del universo, sus leyes fijas y su marcha hacia adelante, lo cual, dicen ellos, sugiere un Creador omnisciente y todopoderoso. Pero, después de todo, ningún argumento basado en premisas lógicas puede descarriarnos tanto como las afirmaciones dogmáticas de los teólogos.


Igual que un cínico ha dicho que "no hay mentira comparable a la historia", puede decirse también que no hay nada más engañoso que la lógica. Dios no puede llegar jamás a ser una realidad para ningún hombre por simple lógica, por medio de libros o por los sentimientos. Y, sinceramente, creo que lo que requiera su demostración por un largo proceso de lógica no vale la pena ser demostrado. En otras palabras, si algo no es evidente por sí mismo, tiene poca utilidad. Si cualquier teoría o enseñanza tiene que establecerse por medio de un laborioso proceso de razonamiento, pienso que eso mismo demuestra que se va por un camino equivocado y que deberían buscarse nuevos métodos para establecer la hipótesis. El único método para probar la existencia de Dios que vale la pena es el método experimental de los grandes Maestros, porque ningún otro ha tenido nunca éxito y ninguno de ellos podrá tenerlo jamás.


¿No se te ocurrió nunca que es muy extraño que Dios no haya proporcionado a la humanidad ningún método fácil y definido de conocerle? No obstante, en realidad sí lo ha proporcionado y es accesible para todos; pero los hombres han estado ciegos para ese Sendero durante siglos de autoindulgencia y van ahora tropezando en la oscuridad que ellos mismos han creado. Y, sin embargo, el método está aquí y es bien conocido de los Maestros; todos los demás pueden conseguirlo si lo aceptan. Los hombres culpan a Dios de su propia ceguera por no entrar por las puertas de la luz que están abiertas frente a ellos.


Al no oír la voz del Ser Supremo en ninguna de las oscuras cavernas de las estrelladas galaxias de la Naturaleza, algunos de nuestros mejores científicos y filósofos han llegado a la conclusión de que no hay respuesta a nuestra pregunta inicial. Declaran que este universo está construido bajo las leyes de la física y de la química y que toda vida, incluyendo al hombre, es producto de un vasto mecanismo guiado solamente por leyes fijas y procesos predeterminados. Es sólo un vasto océano que arroja los fenómenos multiformes de este mundo como la espuma blanca del mar es despedida por los vientos y las olas. Aún el pensamiento humano, proclaman, no es sino una llama inútil que se desvanece, emitida por el calor de la conmoción cerebral. Dios, dicen ellos, es una invención de los temerosos, refugio de los cobardes. Los hombres lo crean para que les sea propicio en tiempos de dificultades. El hombre mismo es sólo un accidente físico arrojado al torbellino de la existencia para que pueda comer, dormir, multiplicarse y después morir. Como los hombres no pueden encontrar a Dios con sus telescopios o sus microscopios, como no pueden localizarlo en el sistema nervioso del cadáver, deciden, con grandiosa ostentación, que no hay Dios.

C' est fini, un point, c'est tout! La discusión ha llegado a su fin. Hace sólo unas semanas leí en los periódicos una declaración del Profesor Julian Huxley, científico de distinguida familia. Al igual que un hombre que ha bebido profundamente de agua fresca y por tal motivo no siente sed, decía que no podía encontrar ninguna prueba de Dios y que, además, no sentía la necesidad de su hipótesis. Es nuestra noción que la satisfacción derivada del conocimiento, algunas veces ciega a los hombres a la totalidad de su herencia ¡Cuántos mundos nuevos de pensamiento y de gozo se abrirían ante él si tuviera un conocimiento definitivo del Sendero de los Maestros!


Debo hacer notar aquí una coincidencia extremadamente interesante. Al mismo tiempo que los periódicos ingleses anunciaban que este nieto del distinguido científico Thomas H. Huxley no sentía necesidad de la hipótesis de Dios, una gran nieta de otro científico inmortal, Alexander Agassiz, se hallaba en la India buscando un conocimiento definitivo de Dios a través de la Ciencia de los Maestros. De esa manera, las diversas corrientes de la historia siguen cursos distintos. A pesar de todas las dudas y de los callejones sin salida, el mundo nunca dejará de buscar a Dios. Como dijo San Agustín:


Tú, Oh Dios, nos has hecho de Tí Mismo y el corazón del

hombre no descansará jamás hasta que descanse en Tí.


Hace aproximadamente un año había un notable Hindú llamado Arya Samajist, quien había dedicado gran parte de su vida a pronunciar lecturas en público dedicadas a Dios, la religión y el servicio a la humanidad. Era de buen carácter. Pero, poco antes de su muerte, formuló la extraordinaria declaración de que había empleado su vida enseñando algo de lo que no tenía ninguna prueba y que, al aproximarse su fin, veía una completa oscuridad. Esto es patético, sin duda. ¡Si por un sólo momento hubiera puesto su mano en la de un Maestro vivo! No hay ningún otro medio de prueba que pueda mantenerse hasta el final. El que camina por el Sendero de los Maestros sabe acerca de Dios y del Hogar del alma, hacia el que se dirige. Anda en la luz por todo el camino: ¡En luz creciente!


Tal vez los conceptos mecánicos y materialistas no sean ni mejores ni peores que las doctrinas de Dios derivadas de la religión. Un grupo cree en Dios sin tener pruebas razonables y el otro niega su existencia, careciendo asimismo de tales pruebas.


Me imagino a un Padre Infinito y benévolo mirando con igual compasión a ambos grupos, porque son como niños que van tropezando en la oscuridad, demasiado orgullosos para poner sus manos en las manos del padre que puede guiarles y apoyarles.


Muchas doctrinas de Dios, tanto en pro como en contra de su existencia, son solamente productos secundarios inevitables en la manufactura del superhombre, en esa lucha de siglos por la verdad que romperá las últimas cadenas que atan al superhombre y le dejarán libre. Es bueno que los hombres luchen y especulen y hasta escriban libros cuando no tengan nada más que hacer. Es preferible a que jueguen en el barro. No importa que no tengan ni una brizna de verdad. De estos dolores de acción nacerá el hombre llorando lastimosamente, pidiendo la leche de la vida que sólo los Maestros pueden ofrecer: esa copa de generosidad que los Maestros sostienen en sus manos, invitando al mundo sediento a que la beba. La reacción ya se puso en marcha aún antes de que la ola materialista se hubiera acabado por sí misma. Antes de que las flores de la dulce caridad hayan cubierto las tumbas de Darwin, Hegel y Spencer, viene Bergson a decir a los filósofos:


La rápida adolescencia de la filosofía de Spencer se debe en gran parte a la sustitución de lo físico (fijo y mecánico) por el punto de vista biológico en el pensamiento reciente; por la creciente disposición a ver la esencia y el secreto del mundo en el movimiento de la vida más que en la inercia de las cosas. Y, ciertamente, la materia misma casi ha tomado vida en nuestros días (una verdad enseñada por los Maestros en todas las épocas). El estudio de la electricidad, el magnetismo y los electrones, ha dado un tinte de vida a la física, de modo que, en lugar de reducir la sicología a la física, (que era la ambición más o menos consciente del pensamiento inglés), nos aproximamos ahora a una física vitalizada y a una materia casi espiritualizada.

Ésta es una lucha heroica hacia la posición de los Maestros. Cuando la ciencia de la física haya sufrido los dolores de parto y los haya gozado, probablemente se sentará quieta un tiempo suficientemente largo como para ver que fue sólo un seudoembarazo. Posiblemente entonces pueda escuchar la voz de los Maestros, los únicos que pueden decirles con certeza que ¡a fuerza que se mueve en toda la Naturaleza es el Espíritu y que la fuente de donde proviene todo espíritu es el Supremo, a quien los hombres llaman Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 2. Unas Palabras De Advertencia A Los Científicos

 

Los científicos modernos aseguran abiertamente que no creen en Dios y dan como razones las dos explicaciones siguientes (que no pueden clasificarse más que como afirmaciones): Primero, dicen que no hay evidencia que apoye el debate y, segundo, que no necesitan de la hipótesis deísta para explicar la existencia del universo. Por supuesto que no toman para nada en consideración las suaves voces de la fe y de la intuición. Éstas, dicen, no caben en la ciencia real. Así se relega todo el asunto al desván de los desechos metafísicos.


Pero, ciertamente, esto es un modo injusto y "no científico" de deshacerse de la cuestión. Subrayando esta actitud de los científicos está, naturalmente, la suposición gratuita de que la existencia de Dios es desconocida e incognoscible. Por lo tanto, suponen ellos, a lo sumo no es más que una hipótesis inventada por una era poco científica, para tratar de explicar el universo. Esta escuela de científicos declara que nadie puede saber nada acerca de Dios. Pero yo sugiero que ésta no es más que otra hipótesis basada en su propia falta de conocimientos. ¿Por qué debe suponer cualquier científico que no se sabe nada, ni puede saberse, porque él no conoce nada de Dios? Con seguridad, ésta no es una actitud científica. En segundo lugar, estando firmemente asentados, como ellos creen, sobre la teoría mecánica del universo físico, declaran serenamente que no necesitan ya de la hipótesis deísta. Y, como no la necesitan, no sirve. Ergo ellos no creen en Dios. Es una superstición de viejas.

Si la existencia de Dios no fuera más que una hipótesis y no pudiera saberse nada definitivo o cierto sobre este asunto, podríamos convenir entonces en que la posición de la escuela mecanicista es inatacable. Pero, afortunadamente, el conocimiento de los Maestros no está basado en hipótesis. Tienen conocimientos ciertos sobre la materia tan definitivos y científicos como cualquier cuestión matemática o física. Por supuesto que hay muchas hipótesis que esperan su demostración por parte del principiante. Recuerdo bien cuando mi profesor de matemáticas me formuló el viejo problema de Pitágoras: "El cuadrado formado en la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados formados sobre los catetos". Tenía que demostrarlo, que probarlo, antes de que fuera para mí un conocimiento real. Ése es exactamente el método de los Maestros. Saben de Dios porque han hecho el experimento y tienen la prueba. Los Maestros saben que hay un Ser Supremo que lo sostiene todo, cuyos atributos principales son sabiduría, amor y poder.


Debe entenderse también que la sabiduría de los Maestros no es un producto de lenta evolución, una acumulación de conocimientos recogidos durante largos siglos de estudio. No es una suma de conocimientos acumulados en bibliotecas para ser memorizados por los estudiantes. No es un registro de la información adquirida. El método de los Maestros es único. Cada Maestro alcanza la totalidad del conocimiento, de nuevo, durante su desarrollo. Esa sabiduría se obtiene por una línea definida de esfuerzo individual y experiencia personal. No es algo que se recoja de muchas fuentes, sino que se gana dentro de sí mismo por la expansión de la propia conciencia. Cualquier hombre puede alcanzar este desarrollo y este conocimiento, una vez que disponga del método científico de los Maestros. A la luz de este hecho ilustrativo desaparece una de las suposiciones de la física. Puede adquirirse un conocimiento cierto y definitivo de Dios.


¿Podemos ahora aventurar unas palabras de advertencia? ¿No es posible que la hipótesis mecanicista no sea mejor que la deísta? ¿No puede ser que resultara verdad que si los físicos no saben nada acerca de Dios ni reconocen que le necesitan, puedan otros saber algo de Él a pesar de todo? Recuerda que los grandes Maestros no especulan. El Dios de los Maestros no es un Dios inventado por la metafísica, ni la creación de un dogma teológico. Si se encontrara finalmente algún hombre o grupo de hombres como los Maestros, que declararan tener cierto conocimiento de Dios, obtenido por y a través de métodos tan científicos como los conocidos por los físicos, ¿no reconoceríamos lo mucho que habían logrado? ¿Será el mundo científico lo suficientemente justo para escucharles? ¿No deberían caminar los físicos con más cuidado en un terreno con el que no están familiarizados?


Además, ¿qué hay de malo en que los científicos escucharan con algo más de consideración la voz de la esperanza, de la intuición, de la fe? Si el amor les murmura en los espacios secretos del alma, ¿no debería tener su intelecto, la voluntad de escuchar? No debieran considerarlo inferior a su dignidad. Pero, sobre todas las demás consideraciones, aparecen los grandes Maestros y nos aseguran positivamente que han obtenido un conocimiento cierto de Dios. ¿No deberíamos, por lo menos, escucharles? Si algún oscuro astrónomo anunciara que había descubierto una nueva nebulosa, muy lejos en el espacio, se alertaría todo el mundo científico y tomaría nota. ¿Por qué este penoso letargo en asuntos de la mayor importancia? Un oído atento es una de las primeras cualidades de un verdadero científico.