Regresar al  índice

 

  

2. ¿Qué es un Maestro genuino?

 

 

El Maestro es el hombre más altamente desarrollado conocido en la historia y, consiguientemente, en virtud de su desarrollo, ha llegado a ser el más espléndido espécimen humano, el más noble entre los nobles. Ordinariamente no se pone mucho énfasis en la perfección física, pero debe tener un buen cuerpo. Un trabajador hábil debe tener buenas herramientas para hacer el mejor trabajo. Se entiende, en general, que ningún hombre con un cuerpo defectuoso, con alguna deformidad seria, haya podido llegar a ser un verdadero Sat Guru. Su mente debe ser también de alto nivel, aguda, penetrante, de entendimiento rápido y de sano juicio. Puede no haberse educado en ninguna escuela, pero su mente debe haber soportado el más severo entrenamiento y disciplina. El Maestro adquiere todo el conocimiento que se pueda impartir en las escuelas y muchísimos más. El Maestro es el tipo de hombre más elevado en todos los aspectos, si se le juzga como hombre. En Él alcanzan su más alta expresión todas las excelencias del hombre civilizado. Tiene que ser un superhombre en todos los sentidos, no solamente en uno de ellos. Lleva a su más alto grado de expresión todas las virtudes reconocidas por el mundo.


Si yo estuviera buscando un Maestro, haría primero una inspección seria de la vida de ese hombre, para determinar si tenía alguna de las imperfecciones de carácter que se manifiestan generalmente en el hombre común. Si encontrara que era un hombre perfecto cuando le estudiara como hombre, comenzaría entonces a investigarlo como Guru. Si al hacer la inspección encontrara que falla como hombre, dejaría inmediatamente de buscar en él al Guru o al Maestro.


El Maestro es el único hombre manifestado en toda la historia en el que se combinen individualismo y universalismo en su completa expresión, a pesar de la afirmación de algunos filósofos de que eso es imposible. Es decir, que el Maestro es único, es ley por sí mismo, actúa como le place, tiene lo que quiere, viene y va absolutamente por su voluntad y no le pide favores a nadie, ni puede oponérsele ningún hombre en la ejecución de su voluntad. Es el único que no necesita pedir favores a los demás. Tiene todas las cosas bajo su mando. Si sufre penalidades o inconvenientes es porque lo prefiere así, por algún motivo. Es el supremo donante, no el que recibe; es decir, siempre paga por lo que obtiene. No es esclavo de nadie, no sirve a nadie, no está atado por ninguna regla o costumbre fuera de sí mismo y es un ciudadano del mundo entero. Al mismo tiempo, es un ciudadano ideal de la comunidad donde vive. Se une al orden social y sirve a todos, sin llegar a ser sirviente de nadie.


El Maestro es el instructor de todos, luz e inspiración de todos, lo sepan o no. Son afortunados cuantos se encuentran con Él, se den cuenta o no. Sólo le ata a los hombres, animales y criaturas vivientes su propio gran amor. Es, a la vez, Maestro y servidor de los hombres, aunque nunca está encadenado por ataduras humanas, nunca desatiende una obligación ni elude cumplir un deber. Ama, pero con sereno desapego. Amando de este modo puede dar un amor más grande que cualquier otro hombre, sin llegar a hacerse esclavo del objeto de su afecto.


Solamente se inclina, en humilde sumisión, al Señor Supremo, Sat Purush. Su Voluntad soberana es la única ley que reconoce el Maestro. Ésa y la más universal de todas las leyes: el amor. Sin embargo, el Maestro no quebranta ninguna ley del hombre, sino que da su apoyo a todos los buenos gobiernos. Su vida y sus enseñanzas son universales. No pertenece a ninguna raza ni época. Es ciudadano del mundo. Más correctamente hablando, habiendo bajado hasta aquí para traer la luz, es un visitante amistoso de este mundo. Es el embajador plenipotenciario del Rey de reyes. Al Maestro, a cualquiera de los Maestros y a la Corriente de la Vida que se manifiesta a través del Maestro, es a lo que se hace referencia en la afirmación:


Aquélla era la Luz verdadera que alumbra a todo hombre
que viene al mundo. (San Juan 1:9)


El Maestro es el mejor ejemplo para todos los hombres, ya sean reyes o labriegos. Es generalmente un hombre de familia, aunque no siempre. No es un asceta y no alienta austeridades. No considera que sea pecado conservar el cuerpo confortablemente bien alimentado y saludable; de hecho, dice que es un deber.


El Maestro vive en el mundo, aunque no pertenece a él. Entra en la corriente de la vida humana para ayudar a los demás, aun cuando se mantiene alejado de las olas de las pasiones humanas. Ha alcanzado todas las virtudes, pero participa de las debilidades atribuidas a la virtud por filósofos como Nietzsche. Cree en el desarrollo del más alto grado posible de fuerza, pero esa fuerza no debe separarse nunca de las cualidades morales. Si a la fuerza se le quita el amor y la humildad, da por resultado la brutalidad. El Maestro ha llegado a ser fuerte, más fuerte que ningún gigante de cuerpo o de intelecto, puesto que tiene poder ilimitado; sin embargo, combina con esa fuerza las más nobles virtudes de la humildad y la benevolencia. La más tierna bondad no supera jamás el amor del Maestro, que todo lo abarca. De esa manera, se convierte en el ideal, tanto de Platón como de Nietzsche. Todos encuentran inspiración en Él para la construcción de un noble carácter. Al mismo tiempo, es también el ideal del guerrero que se lanza a defender su país. Es el ideal del canto poético, el carácter romántico genuino de todos los idealistas.


Por último, el Maestro es el ideal en religión. Está en todas partes y es siempre el Rey en el más íntimo rincón del alma, en todo aspecto de la vida. En resumen, es el hombre fuerte, sin debilidades, el hombre bueno sin faltas. En el campo de la religión, el Maestro es una paradoja. No tiene teología: no enseña ninguna y, sin embargo, es el hombre más religioso del mundo. Su sistema no es una religión, aunque conduce a la experiencia religiosa más completa y más feliz. Es absolutamente universal en todas sus enseñanzas. No tiene credo y, no obstante, nunca antagoniza con ninguna creencia, secta o institución. Jamás condena a ningún hombre ni a ningún sistema. No encuentra faltas en nadie ni en nada y, sin embargo, traza las líneas más claras entre lo bueno y lo malo. Para el Santo no hay nada realmente malo en el mundo. No hay ninguna falta auténtica en ningún hombre. Lo que nosotros señalamos generalmente como faltas lo considera el Maestro debilidades, enfermedades. Tiene solamente compasión para ellas, no las considera culpas. Nunca critica, ni regaña, ni ofende, ni sermonea; ni siquiera al más vil de los pecadores. El Maestro enseña que el hábito de criticar o de encontrar faltas en los demás es una de las debilidades más serias. Además, denuncia tanto la vanidad como el mal carácter del que critica.

El Maestro vive y enseña la verdad positiva. Vence al mal con el bien. Para corregir las faltas de sus discípulos les señala simplemente las virtudes opuestas. Enseña que indicar una falta solamente la advierte y la fortalece, la acentúa y, al mismo tiempo, despierta otras malas pasiones, tanto en el acusador como en su víctima. Tampoco guarda nunca el Maestro mala voluntad, ni siquiera contra sus enemigos. Obedece literalmente el precepto de Jesús de amar a nuestros enemigos, pues los ama a todos con independencia de su carácter. ¿No son todos los hombres hijos de un Padre común? Les da amor a todos y busca servirlos a todos. Es siempre amo de la situación, no importa donde se encuentre. Jamás se turba por los remolinos de las pasiones que surgen a su alrededor. Observa serenamente lo que ocurre y busca guiar a los demás por los caminos del sano juicio.


Nietzsche nos advierte que el superhombre no ha llegado todavía, y eso mismo hemos dicho nosotros en los primeros párrafos de este libro, pero nos referíamos a las masas de seres humanos, y Nietzsche nunca había visto a un Maestro. El Maestro ha llegado; de hecho, siempre ha estado aquí, desde el principio mismo de la vida humana en este planeta. Si la filosofía moderna tiene que hacer la guerra a la ternura, dejemos que esos filósofos contemplen en el Maestro la mejor contradicción a sus argumentos. Todos los hombres tienen que admitir que, si la fuerza puede combinarse con la ternura y la sabiduría con el amor, se logra el ideal. Incluso Nietzsche, en sus momentos más lúcidos, reconoció que la gentileza de Parsifal era tan necesaria como la fuerza de Sigfrido. La fuerza sola es, como máximo, la mitad de un hombre. Se necesitan las dos para componer un hombre auténtico. De manera que la maestría de nuestro superhombre consiste en combinar la fuerza con las restantes virtudes sutiles, añadiendo algo que está muy por encima de la fuerza y de la virtud. Nietzsche no sabía cómo combinarlas en un sólo hombre. Nunca había visto a un Maestro y, tal vez, no creyera que pudiera existir un hombre así en el mundo actual. Si alguno de nuestros críticos materialistas, en un arranque de rebeldía contra lo que consideran las debilidades de las "virtudes puramente femeninas", denigran la religión y desalientan el amor, que miren a un Maestro real. Si se inclinan a considerar a Cristo como un iluso soñador, que se acerquen a conocer a un Maestro verdadero.


No le cabe duda a la mente de este escritor que la filosofía Europea ha esperado ya suficiente tiempo para tener conocimiento definido de un Maestro genuino para poder perfeccionar su idealismo. Si los letrados materialistas, exagerando el Darwinismo, sostienen que el bienestar futuro de la raza demanda que se subraye la fuerza, -fortaleza de cuerpo y mente-, sin hacer referencia al hombre espiritual, deben tomar nota de que tenemos en el Maestro al súper genio de sus sueños, sin perder los valores espirituales y morales. Si se sienten inclinados a matar a los especimenes débiles y degenerados de la raza, por el bien de la raza misma, han de observar entonces cómo resuelve el Maestro ese problema. Deben examinar cómo, con amor y sabiduría sobrehumanos, más allá del alcance de un erudito, sostiene el Maestro al degenerado moral y hace de él un hombre fuerte.


El que aboga por esas barbaridades en nombre del refinamiento social es como el hombre que tiene un brazo defectuoso y hace que se lo amputen de inmediato, cuando con un tratamiento razonable podrían habérselo restaurado para un uso normal. ¿Cómo podrá responder la sociedad en el día del juicio kármico por el asesinato del pobre degenerado que se envía a la muerte para que se fortalezca la raza? ¿Cómo puede compensársele por la pérdida de la vida, para que otros no participen de sus debilidades? Un orden social civilizado debe pensar, no solamente en sí mismo, sino hasta en el último de sus miembros. La antigua perogrullada, -"el bien mayor para la gran mayoría"-, es uno de los más grandes insultos a la verdadera civilización que nunca se haya invocado. Se ha tomado como excusa para el cruel homicidio de incontables miles de víctimas indefensas de una política miope.


Si, al igual que los Romanos, el filósofo moderno tiene que hacer del arrojo, el valor y la humanidad símbolos de virtud, que contemple al Maestro vivo, en quien la humildad se combina con la majestad y la fuerza, en una alquimia tan perfecta como los átomos de carbón en el diamante, formando la más pura gema de  carácter humano. Finalmente, si los hombres insisten en que la meta de la evolución es el desarrollo de la fuerza bruta, más que la moralidad, ¿por qué no buscar a un superhombre ideal, que combine poder ilimitado con moralidad sin tacha? Ya sea eso o irse al otro extremo y ponerse a trabajar bajo las órdenes gubernamentales para producir gigantes de mente y de cuerpo por métodos científicos. A la primera provocación, comenzarían a hacerse la guerra para destruirse unos a otros.


Si hasta ahora has creído que es imposible la combinación de la gentileza y el amor con una gran fuerza es porque no has visto a un Maestro vivo. Nosotros sabemos que es una realidad. Hemos vivido y trabajado a su lado durante muchos años. Como San Pablo, podemos decir ahora:


Atestiguamos aquello que hemos visto y damos testimonio

de lo que sabemos.


Este libro no es una colección de teorías. Es una relación de hechos.

 

 

 

 

 

3. El Maestro Es Más Que Superhombre

 

 

Naturalmente que el Maestro es un superhombre. Pero es más que un superhombre; es decir, trasciende todas las limitaciones de un simple hombre. Su campo de actividades alcanza más allá de lo que pueda ver el ojo y oír el oído. Esto, por supuesto, nos lleva más allá del laboratorio físico. Tenemos que llegar hasta donde el microscopio no puede continuar, donde no puede hacer una disección el bisturí. Del mismo modo que el astrónomo no pudo encontrar a Dios con su telescopio, tampoco encontrarás tú a nuestro Maestro con rayos X. Puede que nuestros materialistas discutan que hay un mundo interno más sutil, innumerables mundos que la física no puede reducir a sus tubos de ensayo. Pero esto se debe a que no los han visto y no saben cómo llegar hasta ellos. Al mismo tiempo, su egoísmo detesta reconocer la posibilidad de que exista algo que esté más allá de sus limitaciones. Esto podría llamarse el hábito mental de la época. Siempre existe el peligro de que la ciencia, al igual que la teología, se vuelva demasiado dogmática. El científico individual puede no tener la culpa de esta tendencia. Sin embargo, no solamente existen esos mundos y son bien conocidos de los Maestros, sino que cualquier estudiante que siga la fórmula de éstos puede comprobarlo por sí mismo.


El Maestro es el supercientífico. El mejor de nuestros físicos, cuando se compara con un Maestro verdadero, no es más que un niño tratando en vano de acomodar sus ladrillos para construir una casa de juguete. El verdadero conocimiento se adquiere sólo cuando el hombre sobrepasa lo que ha logrado el superhombre y entra en las regiones de la realidad. Pero esas regiones están situadas muy por encima y más allá de los lejanos confines del universo físico. La masa de fenómenos que forman el espectáculo de este mundo no es sino un débil reflejo de la sublime Realidad.


Un físico objetará inmediatamente que es imposible para ningún hombre abandonar el teatro de este plano físico y entrar en las regiones suprafísicas. Insiste en que este universo físico es el límite del campo legítimo de la ciencia. Por consiguiente, concluye que más allá de este campo no hay nada; si hay algo, es "incognoscible". No es ésta una palabra que suene bien en boca del estudiante científico moderno. Ya es tiempo de que este mundo se declare obsoleto.


El físico señala que todo lo relacionado con esos mundos superiores, por hallarse más allá de la legítima esfera de la ciencia, debe hacerse a un lado, como mera especulación. ¿Por qué? Simplemente porque no ha podido incluir dichos experimentos en la rutina de su trabajo de laboratorio. Pero permítasenos preguntar, ¿es ésta una actitud científica? ¿Es científico afirmar que no se puede hacer algo, solamente porque no se ha hecho o porque él mismo no lo ha visto hacer? Cuando, hace cien años, los hombres declaraban abiertamente que volar por el aire sin tener alas como los pájaros era contrario a las leyes de la Naturaleza y, por lo tanto, nunca podría hacerse, ¿era ésa una actitud científica? Los hombres van hoy abriéndose paso usando una ley de la Naturaleza para contrarrestar la acción de otra. Lo mismo tiene lugar en el trabajo de los grandes Maestros. Son supercientíficos. El trabajo del verdadero científico consiste en hacer primero una investigación adecuada y dar después su fallo o suspender su juicio, hasta obtener mejor perspectiva. Los más grandes científicos modernos se hallan todavía en el nivel inferior de la escuela de la ciencia que empieza ahora a levantarse.


Este mundo es el teatro del intelecto: por lo menos, es uno de sus campos de operaciones. Es el juego de la mente. La ciencia ha hecho muchas conquistas en este campo y, sin duda, hará muchas más. Pero hay un vasto campo por encima y más allá del juego de la mente, donde solamente puede entrar el espíritu desarrollado. El Maestro entra en esa región superior del espíritu y allí es donde se realizan verdaderas hazañas. Accediendo por métodos bien conocidos por Él, encuentra que este mundo terrestre no es más que el sedimento de lodo de la estructura vasta y complicada de la Naturaleza. Por encima y muy lejos de este mundo de sombras y dolor se encuentran mundos de intensa luz. Son mundos reales, llenos de belleza, colorido, ritmo y alegría.


Escapando por un tiempo de las limitaciones del cuerpo, el Maestro viaja por esos mundos superiores con plena conciencia y luego regresa para informar de lo que ha visto y oído o experimentado de alguna otra manera. Sabe, entre otras cosas, que la muerte es sólo una apariencia, una ilusión. Cuando un hombre deja su cuerpo físico a la hora que nosotros llamamos "de la muerte", simplemente da un paso hacia el interior y entra en otros mundos superiores. Lleva consigo un cuerpo sutil, que ahora usa inconscientemente, y, en ese plano superior, utiliza ese cuerpo sutil, como emplea aquí el físico. Yendo donde quiere, cubierto con una vestidura de Dios hecha de luz, sabiduría, poder y belleza, el Maestro explora las regiones superiores, completamente desconocidas para el hombre común de la tierra". Esto es sólo un destello del verdadero Maestro. Con el fin de entender totalmente al Maestro auténtico es necesario llegar a ser uno mismo un Maestro. ¿Puede el insecto comprender al hombre?


Para mucha gente es muy difícil creer en los Maestros. Una de las características de la mente humana es su extraña tendencia a desconfiar de todas las cosas modernas, especialmente las relacionadas con la religión, y enfatizar y glorificar el pasado. No puede aceptar lo que tiene ante sus propios ojos, pero engulle instantáneamente lo que fue escrito en un libro hace dos o trescientos años. No puede creer en un Maestro vivo, pero no encuentra dificultad en aceptar la historia de algún Maestro que vivió en un pasado borroso y distante.


Una de las anomalías de la historia es que los hombres hayan desarrollado la extraña noción de que toda maestría y toda revelación de la Verdad tendría que pertenecer a épocas pasadas. Y es una de las más desafortunadas. ¿No es más razonable buscar el conocimiento que surge de la experiencia moderna, que el buscarlo entre gente que perteneció a una civilización de épocas muy antiguas? Con seguridad, si estuviéramos buscando expertos en la técnica de cultura vegetal, no nos volveríamos al hombre primitivo que vagaba a lo largo de las playas de un mar primario. En lo primero que pensaríamos sería en Burbank (*). Pero, si un hombre quiere información experta sobre religión, se remite a algún profeta o yogui que vagó por el mundo antes de que el hombre ni siquiera soñara que el mundo era redondo y que se movía alrededor del sol. Si las épocas pasadas pudieron producir un Maestro, un Cristo o un Buda, ¿por qué no podemos buscar uno ahora?

(*) Luther Burbank, botánico Estadounidense. (1849-1926)


Seamos sinceros y prácticos en este asunto. Es inútil decir que los maestros no se necesitan ahora porque tenemos un libro que nos cuenta acerca de un Maestro del pasado. Eso es tan razonable como afirmar que el hombre no necesita comida ahora porque tiene un menú impreso que le habla de la comida que se sirvió hace un año. Además, sabemos que es un hecho que los Maestros están aquí hoy en día: les hemos visto, conversado y vivido con ellos durante años. El hecho de que los grandes Maestros espirituales vivan en el mundo hoy en día es la más importante, alegre y esperanzadora noticia que se haya producido nunca. Y la luz del Maestro moderno no es débil en absoluto, comparada con la de los Maestros del pasado. Toda la sabiduría, el amor, la compasión o el poder de hacer milagros que poseía cualquiera de los Maestros antiguos: esas mismas cualidades se encontrarán en el Maestro moderno, sin estar disminuidas en ningún sentido.


Este libro puede considerarse como un reto y una invitación a la moderna inteligencia para que se busque al Maestro vivo y para que la humanidad vea por sí misma si todas esas cosas son ciertas o no. No encontrarán al Maestro escondido en la lejanía de un retiro Himalayo.

 

 

 

 

 

4. El Maestro y el Ser Supremo

 

 

Hay una cualidad de los Grandes Maestros que titubeo en escribir aquí, por ser muy difícil evitar que se malentienda este asunto; sin embargo, debo hacerlo. El hecho es que no hay diferencia entre el Santo o Maestro verdadero y el Ser Supremo mismo; es decir, no hay diferencia excepto por el hecho de que un Santo está encarnado como ser humano y está, hasta cierto punto, limitado por esa encarnación. Y cuando decimos que el Ser Supremo está encarnado en este hombre al que llamamos Santo, que nadie se turbe. No queremos decir que todo el Ser Supremo esté ahí encarnado. No se nos puede acusar de sugerir que el Infinito haya abandonado el gobierno del Universo y haya encerrado su deidad entera en este pobre cuerpo humano. El supremo es toda la existencia espiritual, infinita e ilimitada. Sería absurdo sugerir que el alma universal de todas las almas, de todos los mundos, pudiera concentrarse y limitarse toda entera en este cuerpo físico. No obstante, es verdad que el Alma Suprema ha tomado forma en este cuerpo.


Hace unos cuantos días recibí una carta de un buen misionero de la India, acusándome de idolatría y de "hacer estallar mi monoteísmo" al adorar a un Guru. Le repliqué que no estoy adorando al Guru en el sentido que él lo dice. Le amo, y el amor es afín a la adoración. Ésa es la única clase de adoración que conozco. Si por "adoración" quiere significar alguna clase de temor, entonces debo confesar que no "temo" ni al Guru ni a Dios. Les amo. Les tengo reverencia y amor. El antiguo dicho extraído de la Biblia de que "el temor de Dios es el principio de la Sabiduría" lo considero uno de esos terribles engaños que se han introducido en la literatura sin que nadie lo advierta. El temor, más que ser el principio de la Sabiduría es el principio de la destrucción. El amor no es solamente el principio de la sabiduría, sino que es la Sabiduría en su más alto grado.


Supongamos que estemos de acuerdo en que el Ser Supremo es todo amor, sabiduría y poder, que es omnipresente y que lo penetra todo. El Maestro es exactamente igual, excepto en lo que concierne a sus limitaciones físicas. Espiritualmente no tiene limitaciones. Pero el cuerpo no es el Maestro, sino solamente lo que lo cubre, uno de los instrumentos de que dispone. Puede dejar el cuerpo a voluntad y operar en cualquiera de los planos superiores; cada plano que asciende le da más libertad y mayor campo de acción. Siendo uno con el Infinito, no tiene limitaciones. Solamente los materiales con que trabaja limitan sus acciones. De la misma manera, limitan las acciones del Ser Supremo. ¿Puede Dios mismo conversar contigo de hombre a hombre, sin hacerse primero hombre? La omnisciencia del Señor puede ser incapaz de expresarse a sí misma a través del cerebro físico del Maestro. Pero éste puede, en un minuto, elevarse a regiones muy por encima de la esfera de la actividad cerebral, donde su conciencia automáticamente se expande aún hasta lo ilimitado.


El Maestro auténtico es tan omnipresente como el Infinito mismo. Esto no es ilusión. Por ejemplo, si un Maestro tiene cien o mil discípulos, cada discípulo verá al Maestro Viviente en los espacios interiores de su ser, sin importar dónde pueda ir. Por supuesto que, para lograrlo, debe haber alcanzado cierto desarrollo de sus facultades superiores. El discípulo conoce a su Maestro como el dador de toda vida, al Señor del Universo. Y es así porque en los planos interiores el Maestro es idéntico al Ser Supremo.


Si alguien pregunta cómo puede ser así, la contestación es porque el Maestro es Uno con el Supremo y éste se expresa a sí mismo a través de la forma del Maestro. La forma del Maestro
es la forma del Señor. Todo lo que es el Espíritu Universal lo es el Maestro, idéntico en sustancia y atributos. Asociado a esta idea de que el Maestro es uno con el Supremo hay un concepto hermoso e inspirador. Todo hombre es un Maestro en potencia y, por lo tanto, potencialmente idéntico al Supremo. Lo único que necesita es darse cuenta y desarrollarse. La Santidad es, consecuentemente, la meta suprema de toda evolución humana.


Puede que el teólogo Cristiano no esté tan equivocado cuando supone que Jesús era el Dios verdadero en su esencia misma. Jesús dijo: "El Padre y yo somos Uno". Eso es lo que enseñan todos los Maestros. Pero los Cristianos reducen esa grandeza de su propia filosofía cuando limitan esa divinidad a únicamente un Maestro en toda la historia. Esta estrechez de miras le quita todo su valor a ese noble concepto. Para que ese principio pueda fertilizar el campo entero de la filosofía, debe extenderse hasta incluir, no sólo numerosos Maestros, sino también, en potencia, a todos los hombres.


No tienen que tomarse demasiado en serio las escrituras que hablan de Jesús como "único hijo de Dios". Tiene todas las trazas de ser una interpolación, deslizada en la relación original para apoyar el debate de algún crítico posterior. Además, hay contradicciones si se toma literalmente este pasaje. Si Jesús fue concebido por Dios de una manera diferente a la de cualquier hombre, Dios mismo debía haber descendido al nivel humano para desempeñar esa función. Ciertamente, la parte que correspondió a su madre no fue diferente a la de ninguna otra madre, de acuerdo con el relato mismo. ¿Irá tan lejos algún teólogo? Queda el hecho, mucho más reconfortante, de que han habido muchos hijos de Dios y que, con seguridad, habrá muchos más. Pero, cuando vienen a la vida humana, lo hacen de acuerdo con el método prescrito por el Creador mismo. ¿O crees que el Creador desdeñaría emplear su propio método? Si es indigno de un "Dios-hombre" tener por padre a un simple hombre, debe ser igualmente inapropiado tener a una mujer como madre. Tan humano y pecador es uno como la otra.


En el proceso de su desarrollo, todos los Maestros se limitan a extender las cualidades divinas con que nacieron y que son comunes a todos los demás hombres. Cualquier Maestro verdadero es un hombre divino, un auténtico hijo de Dios. Todavía más: cada uno de los hombres lleva latentes las posibilidades de esa expansión, de convertirse en hijo de Dios. Solamente requiere de un Maestro vivo que le ayude a desarrollarlas. Necesita sólo las llamas de la maestría en otro hombre para encender el fuego en sí mismo.


Cuando un Maestro alcanza la Santidad, gana la unidad consciente con el Supremo. Es cierto que todos los hombres tienen esa unidad hasta cierto punto, pero muy pocos están conscientes de su noble herencia. El Maestro auténtico sí es consciente de ello. Ésa es una de las cualidades que distinguen a un Maestro. Conoce su relación con la Suprema Alma Superior y está conscientemente capacitado para ejercer sus poderes y prerrogativas como hijo de Dios. Puede ser llamado entonces hijo de Dios con más precisión y certeza que cualquier hombre en la tierra pueda llamarse hijo de su padre. Participando de sus cualidades, ipso facto, uno y el mismo en esencia y dotado de los mismos atributos, es literalmente parte del Padre, que todo lo abarca. Esto significa que, de ahí en adelante, aún cuando el Maestro pueda hablar y actuar a través de su cuerpo igual que lo hacen los demás, no obstante, el que está actuando y hablando en realidad es el Supremo. Ya no es un simple hombre con comprensión nublada y limitada, sino un hombre que ha llegado a ser Dios y un Dios que se ha hecho hombre. Y, desde ese amor ilimitado, dice el Maestro:


Esto es para cualquier hombre que camine por el Sendero de los Santos.


 

 

 

 

 

5. Límite de Tiempo en el Trabajo de los Maestros

 

 

Hay una consideración muy importante con respecto a la labor de los Maestros que parece no haber sido nunca entendida por los occidentales. Se trata del hecho de que su tiempo de trabajo es limitado. Esto significa que cada Maestro tiene un período definido de tiempo en el que realizar su trabajo. Al expirar ese tiempo, concluye su labor en el mundo. Ese período limitado se concreta a la vida de su cuerpo físico. Siendo ése el caso, lógicamente no pueden trabajar entre los hombres sin su cuerpo. Cuando ese cuerpo se acaba o ellos salen fuera de él, termina su trabajo en la tierra.


Supongamos ahora que tu Maestro del pasado era un verdadero Santo, un Maestro, un Profeta o cualquier título que quieras darle y que haya tenido todos los poderes que se le atribuyen en tu religión. ¿Cuál es entonces la diferencia entre seguirle a él o seguir a un Maestro vivo? Hay una diferencia vital: simplemente no puedes seguir al Maestro que ya haya partido. De ninguna manera. Tampoco puede iniciarte en el Sendero Espiritual. Si piensas que puedes seguirle, solamente te estás engañando. No se puede hacer. Únicamente imaginas que le sigues. Puedes leer sus preceptos y tratar de obedecerlos, pero con eso no estás siguiendo al verdadero Maestro. Él no tiene nada que ver con la cuestión. Ese Maestro no te conoce. Puedes tratar de poner en práctica los preceptos enseñados por él. Hasta cierto punto, puedes hacerlo. Pero las enseñanzas de ese Maestro no eran sólo suyas. No las originó. Pertenecen a la Verdad universal. No necesitaba venir al mundo sólo para impartir esas enseñanzas. Ya estaban aquí antes de su época.


Siglos antes del tiempo de Jesús o de Buda, eran ya bien conocidos en el mundo todos los preceptos enseñados por cualquiera de los dos y formaban parte del código básico. Si vives conforme a esos preceptos, no estás siguiendo con ello a ese Maestro en particular o a cualquier otro. Si un precepto dado ha sido impartido por siete Maestros durante diferentes épocas del mundo, ¿eres, consiguientemente, discípulo de los siete? Simplemente, caminas a la luz de los principios éticos universales, con independencia de los Maestros individuales. Indudablemente, dirás que tu Maestro está cuidando ahora de tí, pero ésa es únicamente una suposición sin el apoyo de la menor brizna de prueba. Tus sentimientos no son pruebas. Por medio de los sentimientos puede probarse cualquier cosa. Todos y cada uno de los devotos de diez diferentes religiones, que proclamen seguir a un Maestro distinto, declararán con el mismo énfasis que sienten a su Señor dentro de ellos.
 

¿Dónde está entonces el punto crucial del problema? Se necesita algo más que el sentimiento, algo más que la autoridad de un libro. Y eso que se necesita es un Maestro vivo. Ningún hombre que viva hoy en día puede tener la posibilidad de seguir a un Maestro que ya partió, como tampoco Aníbal o Alejandro, o George Washington, pueden dirigir tropas en una batalla el día de hoy. Ha pasado el período de su actividad en el mundo. Lo mismo ocurre con los Maestros espirituales. Un niño no puede alimentarse o aprender las acciones vitales de una madre muerta. Un enfermo no puede obtener medicamentos de un doctor muerto ni tampoco un juez muerto puede emitir un fallo en un caso legal. El Maestro del pasado se ha marchado de este campo de acción y, con ello, ha terminado su trabajo de aquí. ¿A qué vino? A hacer un trabajo que no podría realizarse a menos que viniera como hombre. Debía disponer de un cuerpo físico para hacer su labor. Cuando ya la terminó, dejó su cuerpo y confió su trabajo a su sucesor. Y éste es el método del Padre Supremo. No hay por qué ponerse en contra. No lo ordenamos nosotros, ni tampoco lo idearon los Maestros. Es una regla prescrita por el Supremo Señor mismo. El método con que trabaja Dios entre los hombres es por medio de hombres vivos. ¿Cómo podría ser de otro modo? Un Animal no podría instruirnos y nosotros no podemos considerar a ningún ser superior al hombre.


Ahora bien, supongamos que nos referimos a un libro. ¿No fue escrito ese libro por un hombre y no era, simplemente, una relación de las experiencias de ese hombre? ¿Qué hay de malo entonces si un hombre que vive en la actualidad tiene una experiencia similar y luego nos la cuenta directamente? Los libros que van de mano en mano largo tiempo sufren siempre cambios, teniendo finalmente muy poca semejanza con la relación original. ¿Cómo podemos creerlos o depender de ellos? Y aunque esos relatos fueran absolutamente verdaderos y perfectos, no necesitamos la regla la mitad de lo que precisamos del Maestro vivo para llevarnos de la mano y ayudarnos donde no podemos caminar sólos. De nada serviría que se escribiera en un libro toda la sabiduría de todas las épocas: subsiste el hecho de que el estudiante no puede seguir adelante sin un Maestro vivo que le ayude a poner en práctica efectiva esas enseñanzas. Simplemente, no se puede hacer de otro modo, como sabemos por experiencia muchos de nosotros.


Aún cuando el antiguo Maestro, presente en espíritu como tantos proclaman, estuviera presto a ayudarnos, nos es imposible recibir esa ayuda. Si tenemos que depender de sentimientos e impresiones, nos llenamos de confusión con esos sentimientos y esas impresiones, de tal modo que nos es imposible distinguirlas para saber cuáles vienen de Dios o del viejo Maestro y cuáles proceden de nuestras propias mentes subconscientes. Por lo tanto, no hay ningún método seguro excepto el de andar con la vista a plena luz, cuando y por donde podamos ver a nuestro Maestro y escuchar su bien conocida voz. Este requisito es para hoy en día y ha sido exactamente el mismo en todas las épocas. No puede ser de otro modo, mientras los hombres no tengan una visión clara en un plano superior.


Si fuera posible que un Maestro desaparecido pudiera llegar hasta nosotros, nunca hubiera habido necesidad de ningún Maestro. El Creador mismo hubiera hecho todo cuanto fuera necesario. El hecho mismo de que haya sido preciso alguna vez un Maestro, es prueba suficiente de que se necesita ahora uno, puesto que las situaciones son las mismas en todas las épocas. Dejando aparte la cuestión del libro, se necesitan tanto como antes la guía diaria y la ayuda del Maestro. Si un Maestro desaparecido pudiera ayudar ahora, el Creador lo hubiera hecho, con toda seguridad, sin ayuda de nadie.


Podemos estar de acuerdo en que ni el Creador ni el Maestro del pasado sean limitados, pero nosotros sí lo somos. No podemos recibir ayuda con garantía y certeza de alguien que no podamos ver. Por lo tanto, aún queda como un hecho de la Naturaleza que ni siquiera Dios mismo puede instruirnos o darnos la ayuda que necesitamos en el camino de la ascensión, sin un Maestro en forma humana que actúe como portavoz suyo. Nuestros oídos están demasiado obstruidos y nuestros ojos demasiado nublados para ver y oir sus manifestaciones. Éste es el gran obstáculo con que tropiezan todas las religiones. Sus fieles se adhieren desesperadamente al Maestro muerto, tratando en vano de seguirle con la imaginación, mientras rechazan al Maestro vivo.


Si insistes en que tu Maestro muerto no está muerto, te concedo la razón con entusiasmo. No está muerto, pero ya ha dejado de actuar en este teatro de acción. Ya no está en contacto con la humanidad. Su tarea actual se encuentra en otra parte. No hay duda de que algunos Maestros que ya partieron tienen cierta clase de trabajo en conexión con sus discípulos, pero no en otros asuntos del mundo, pero nosotros estamos hablando de los que tienen discípulos y no de otros asuntos.


Si insistes en que tu Maestro que ya partió está aquí, contigo, porque puedes sentirlo en tu alma, debo reiterar entonces, una vez más, que tus sentimientos son una guía que no merece confianza. La mayoría de tales sentimientos son sólo un juego de nuestra propia mente, un juego de una imaginación afectada, que probablemente actúa bajo la influencia de siglos de sugestión teológica.


Ilustremos este punto, ya que es de extrema importancia. En una ocasión el famoso Billy Sunday, un evangelista americano, le dijo a un hombre que andaba buscando la luz espiritual que podría sentir a Jesús en su alma. Lo ofrecía como prueba definitiva de que Jesús estaba realmente presente en él, asumiendo así que ya no había nada más que decir sobre esa cuestión. Pero el buscador le replicó: "De esa misma manera, los devotos de todas las religiones pueden probar la verdad de sus diversas afirmaciones. Todos ellos sienten a sus Maestros dentro. Ninguna religión tiene el monopolio de los sentimientos". El reverendo caballero no pudo contestar nada.


Todos los hombres tendrán que reconocer, si piensan mínimamente en el asunto, que los sentimientos no son pruebas en asuntos religiosos. Sin embargo, el creyente devoto seguirá creyendo, sin dudar nunca, que sus sentimientos son prueba verdadera y concluyente de que sus suposiciones religiosas son hechos auténticos. El hombre sabio aprenderá a descartar sus sentimientos como pruebas de dogmas religiosos. ¿Qué queda entonces? ¿En qué puede confiar un hombre como prueba? Hay solamente un curso a seguir, un sólo camino para saber lo que se  está haciendo: acudir a un Maestro vivo, a quien puedas ver y oír y cuya mano puedas tomar entre las tuyas y, después, usar tu propio criterio, tu propio sentido común. El Maestro no te pide que dés por cierto o que creas lo que él afirme. Te ofrece un método definido, por el cual puedes probar las cosas por tí mismo. No porque lo sientas, sino porque lo veas y lo oigas. Afortunadamente, hay un Sendero espiritual y científico, por el cual el hombre puede caminar viendo, con paso firme y seguro.